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Opinión | Tribuna

Unidad o colapso: una elección consciente

Autopista en dirección Inca en un día colapsado.

Autopista en dirección Inca en un día colapsado. / DGT

El mundo atraviesa una etapa marcada por crisis recurrentes, tensiones geopolíticas y una creciente sensación de desorden. No se trata de una fatalidad inevitable, sino del agotamiento de modelos políticos y de poder diseñados para una realidad que ya no existe. Durante décadas se advirtió que un sistema basado en la fragmentación, la competencia permanente y el uso de la fuerza difícilmente podría sostener una convivencia estable en un mundo cada vez más interdependiente.

La idea de soberanía absoluta, entendida como licencia para actuar sin considerar consecuencias externas, se ha vuelto anacrónica. En un planeta convertido en una vecindad —económica, tecnológica y ambiental—, las decisiones de unos afectan de forma inmediata a otros. Sin embargo, parte de la política sigue operando como si las fronteras aún funcionaran como escudos y los océanos como garantías de aislamiento. Esa inercia mental alimenta respuestas cortoplacistas y una inestabilidad que se vuelve crónica.

En este desajuste reaparece la violencia, no solo como una tragedia ocasional, sino como un recurso habitual de gobiernos incapaces de gestionar la interdependencia, la diversidad y los límites reales del poder. Cuando la autoridad se niega a reconocer los vínculos que la condicionan, produce inestabilidad como método, no como accidente. La fuerza sustituye a la política y el improviso ocupa el lugar de la estrategia.

En el centro de la crisis contemporánea hay una falla ética profunda. La inestabilidad global ya no puede considerarse una sorpresa: es una consecuencia previsible de sistemas que priorizan el control inmediato sobre la responsabilidad compartida. El mundo no carece de recursos, sino de criterios éticos capaces de orientar el poder y contener su propia brutalidad. Allí donde la ética retrocede, la barbarie reaparece con lenguaje técnico y apariencia de normalidad.

Aun así, la historia no avanza solo por la vía del deterioro. Lo hace mediante procesos simultáneos y contradictorios. Mientras estructuras antiguas se erosionan, nuevas formas de cooperación internacional emergen bajo una presión histórica intensa. Desintegración y reorganización avanzan en paralelo, configurando el escenario global.

Ninguna sociedad queda al margen de estas fuerzas. La ciencia ha reducido distancias, la economía ha diluido fronteras y la tecnología ha convertido crisis locales en impactos globales instantáneos. La ilusión del aislamiento se ha desmoronado. Participar del mundo ha dejado de ser una opción moral para convertirse en una condición objetiva de supervivencia política. La alternativa a la cooperación no es la autonomía, sino una vulnerabilidad creciente.

Una imagen sencilla ayuda a comprender este momento. Imaginemos una larga carretera construida por varias comunidades, cada una responsable solo del tramo frente a sus casas. Durante años, cada pueblo cuidó su parte, convencido de que los baches más adelante no eran su problema. Con el tiempo, los daños se acumularon y la carretera entera se volvió intransitable. No era posible mantener un tramo en buen estado si el camino completo estaba siendo abandonado. La carretera era una sola, y su ruina también.

El siglo ha llegado a ese punto. O se reconoce que el camino es común, que el destino es compartido y que la reconstrucción exige coordinación, ética y coraje político, o seguiremos llamando fatalidad a lo que en realidad es una elección consciente. Persistir en la lógica de la fuerza no es realismo: es optar, con plena lucidez, por la continuidad del colapso.

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