Opinión | las cuentas de la vida
Dos narcisismos
Nuestra mirada sobre la realidad se hace más narcisista: ya sea en una dirección, ya en la opuesta

Dos narcisismos / Freepik
Nos recordaba estos días en Madrid el autor noruego Erik Varden que, en la sociedad actual, se perciben dos grandes tendencias. La primera se contempla a sí misma satisfecha desde Instagram: vida saludable y restaurantes Michelin, casas de firma y ropa de marca, novelas a la última y destinos exóticos… Nuestra imagen digital aparece sonriente, embellecida por un buen número de filtros y alguna que otra inyección de bótox. La segunda de las tendencias sería la contraria y juega a la carta ganadora del victimismo. Aquí ya no nos presentamos tan satisfechos, sino con las heridas expuestas a la luz del día, lastimados irremisiblemente o, peor aún, definidos para siempre por nuestros traumas. En un giro cultural muy característico del existencialismo francés del siglo XX, podemos decir: «somos nuestras heridas». Por supuesto que lo somos hasta cierto punto, pero no sólo eso. Ni debemos serlo si nos conduce al ensimismamiento y a la autolástima.
Lo que ambas corrientes –tan opuestas en su desarrollo– tienen en común es una mirada casi exclusivamente narcisista sobre quiénes somos, como si dijeran: «me gusta ser admirado por mi belleza o por mi dolor: poco importa por cuál de los dos, siempre que me sitúe en el centro de la conversación». Pero hay algo todavía más inquietante si se quiere en este doble movimiento: su superficialidad. Quiero decir que, en ambos casos, nuestro interior se ofrece como un sujeto no personal –ni siquiera misterioso–, sino perfectamente legible y descifrable. ¿Qué queda entonces de ese enigma que es el hombre? ¿Qué queda de ese arcano que altera el curso de los relatos y hace añicos la imagen caricaturesca que nos hacemos los unos de los otros sólo porque nos consideramos libres? Reducidos a una representación constante de nosotros mismos, ¿qué somos realmente?, ¿en qué podemos convertirnos?
El narcisismo moral conduce a otras pérdidas: quizás la principal sea la del sentido del pudor. No todo en la vida está destinado a ser expuesto a la vista de los demás. El psicoanálisis creyó durante unas décadas que el pudor responde a las tendencias represivas de la religión, pero lo cierto es que actúa como una custodia de lo más sagrado que hay en nosotros mismos: de aquellas experiencias que sólo pueden madurar en la soledad o junto a los más cercanos; en los adentros, lejos de la indiscreción de la mirada pública. Lo cual me parece una verdad antropológica.
Estas dos tendencias nos encierran dentro de nosotros mismos. Benedicto XVI, en una de sus homilías inéditas –recientemente publicadas–, se refirió a un episodio de la vida del beato mallorquín Ramón Llull. Este recomendaba a un ermitaño que había acudido a él en busca de consejo que no dedicara demasiado tiempo a mirarse a sí mismo porque acabaría por entristecerse. Desde luego que hay que hacerlo, pero sin desdeñar la importancia de esas circunstancias que tanto subrayara Ortega y Gasset, es decir, sin olvidarnos de que estamos hechos para dejarnos fecundar por el mundo.
Hay un doble movimiento –mirar hacia fuera para poder mirar hacia dentro– que sirve como respuesta a la doble tendencia del narcisismo actual. Negar nuestras heridas resulta tan falso como vivir sólo en ellas. Esto es algo que deberíamos aplicarnos cada uno de nosotros.
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