Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Damnificados del ‘procés’

El procés ha sido un ejemplo claro de cómo antes de proclamar una ruptura hay que haber calculado qué fuerzas reactivas se pueden activar

La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras.

La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras. / EP

La diputada Míriam Nogueras ha comparado la captura de Maduro por la Delta Force norteamericana con la actuación del Gobierno de España ante el referéndum ilegal en octubre de 2017. Está claro que la retórica residual del procés sigue ahí, explayándose en la irrealidad. Mientras tanto, a los testaferros del procés les está desbordando el empuje demoscópico de movimientos políticos de extremo: Aliança Catalana -crítica con lo que llaman cobardía del liderazgo procesista- y Vox, partidaria de anular el Estado autonómico. El procés ha sido un ejemplo claro de cómo antes de proclamar una ruptura hay que haber calculado qué fuerzas reactivas se pueden activar. El emocionalismo e ir conjuntado de amarillo tuvo unos resultados que los líderes nunca expusieron a sus seguidores. La Catalunya abierta y feliz pronto va a tener un parlamento autonómico con un bloque dispar de derecha radical.

Eso fue, en buena parte, el procés: el irrealismo ha sido indigerible y las consecuencias han ido más allá, por incompetencia de los líderes rupturistas. Solo la flaqueza parlamentaria de Pedro Sánchez les da oxígeno. Mientras tanto, se agudizan las discrepancias estratégicas en Junts y también en ERC. El destrozo en la cacharrería fue tan aparatoso que el elefante del procés lleva años aturdido, con muchos de sus seguidores mirando para otro lado.

Desde que llegó al Palau de la Generalitat, el PSC de Illa ha actuado con maneras de partido ‘atrápalo-todo’. Comenzó con hechuras tarradellistas pero ahora parece mimetizar el tacticismo pujolista. A la vez, pudiera llegar a ser el último bastión de Sánchez, con lo que el futuro destino del sanchismo -sea cual sea- le implicará negativamente, precisamente cuando esté más avanzado el empeño catch-all party.

Eso confirmaría que los grandes errores políticos acababan pagándose y a veces los pagan quien no fueron sus ejecutores directos. De todos modos, siempre hay antecedentes: Zapatero prometió aprobar el estatuto que fuere y el pacto del Tinell fue un despropósito muy erosivo para la convivencia política.

No hay ahora una alternativa de centro-derecha en Catalunya. Junts tal vez querría serlo pero -tan pendiente de Puigdemont- solo le quedan los escaños en el Congreso y sectores empresariales que suelen confundir los procesos políticos con un videojuego hecho a su medida. Al mismo tiempo, el constitucionalismo que se activó socialmente con el procés ha perdido energía. Y el PP de Núñez Feijóo no expone sus reglas de juego para futuras alianzas de gobierno, a la espera de un espejismo: que la derecha procesista se amolde a la razón constitucional.

Las encuestas son claras en referencia al bajón independentista y a la pérdida de presencia social de la lengua catalana. Cuando la política lleva a las sociedades al desatino pasan estas cosas. El independentismo se propuso demostrar que quienes se le oponían estaban en contra de Catalunya. No entraba en sus cálculos que alguien pudiera estar en contra del procés porque veía de otra manera los intereses reales de Catalunya. Hubo una merma manifiesta de pluralismo crítico. Es constatable que eso no se cura con esparadrapo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents