Opinión | Pensamientos
Una mala tarde

Una mala tarde / Freepik
Juan Manuel, un residente en Mallorca de 72 años y con una vida intachable, tuvo hace unos días una mala tarde en el aeropuerto de Son Sant Joan, un verdadero hormiguero. Nuestro hombre acabó detenido por una decisión errónea, que, de momento, le ha salido muy cara.
Sobre las dos de la tarde de un domingo el protagonista pasó el control de acceso junto a su mujer. El filtro estaba abarrotado, pero los guardias de seguridad y otros empleados, acostumbrados a las aglomeraciones, agilizaban al máximo las colas.
Delante suya iba un turista alemán, al que, lógicamente no conocía. Muchas personas nos ponemos nerviosas en estos chequeos. Debes, con rapidez, despojarte de todo aquello que pueda pitar y depositarlo en una bandeja. Se te caen los pantalones al quitarte el cinturón; no sabes bien dónde para tu bandeja en aquel batiburrillo…
Al germano, en la confusión, se le cayó la cartera al suelo. El español, en un acto reflejo, se agachó y, supuestamente, se la guardó.
Podía haber hecho dos cosas: entregarla o quedársela. Optó por la segunda; se equivocó de cabo a rabo.
El despistado denunció enseguida la pérdida. No sabemos si llevaba la documentación, lo que sí había extraviado eran los 70 billetes de 50 euros de su interior. ¿Qué hacía con tanto dinero encima y en machacantes grandes? Nunca lo averiguaremos.
La vida moderna es un Gran Hermano. Afortunadamente las terminales, los estadios de fútbol y las calles están repletas de cámaras que todo lo ven y todo lo graban.
La Guardia Civil reconstruyó, en un pispás, lo ocurrido. En pocos minutos, localizó a nuestro compatriota entre los miles de usuarios. Estaba, junto a su esposa, en una puerta de embarque, esperando para subir al avión a Granada.
- «¿Buenas tardes, caballero, ha encontrado usted una cartera en el control de acceso?», le dijeron los guardias.
- «Sí agentes, quería devolverla, pero no sabía cómo», contestó el sospechoso.
- ¿Dónde está la cartera y dónde está el dinero que estaba dentro?, inquirieron los investigadores.
Aquí empezó lo más llamativo del anti-cuento. El mallorquín explicó que el objeto estaba en la papelera de un baño cercano. Allí apareció, pero estaba vacía.
Hubo un tira y afloja. Primero aceptó entregar 1.500 euros; luego admitió que había guardado 500 en el bolsillo de su chaqueta. El cazador cazado estaba muy nervioso, lógicamente, pero seguía haciéndose el tonto. - «No sé nada de más dinero», gemía.
Como un perfecto hereje persistía y persistía en su equivocación. - «Caballero, mire que va a acabar detenido y perderá el vuelo», le advirtieron.
Terminó cacheado y los euros restantes afloraron. Los demás pasajeros embarcaron; él fue arrestado.
Tras la toma de declaración, quedó en libertad a la espera de ser citado por el juez. Tuvo que coger otros pasajes para estar con los suyos en Andalucía, que le costaron, ley del mercado, nada menos que 800 euros.
Cuando yo era un joven cronista de sucesos titulaba «un anciano de 60 años ha hecho tal o cual cosa». Me gané más de una bronca de los lectores. Merecida.
El incidente del aeropuerto destacaba la edad del investigado, como un elemento llamativo de la noticia. Además, el texto estaba lleno de «septuagenario» para aquí y «septuagenario» para allá, una palabra precisa, pero peyorativa en este contexto.
Ignoramos si Juan Manuel se siente muy mayor. Lo más seguro es que se conserve joven de espíritu y con algunos leves achaques. Como muchos jubilados.
Tampoco conocemos qué le tentó a apoderarse de algo ajeno. Era imposible que supiera la elevada suma perdida por el otro viajero.
Ahora tendrá que someterse a un juicio por hurto, porque el dinero supera el límite para ser un delito menor. No creo que vaya a prisión por su historial, hasta ahora, inmaculado, aunque pagará multa, abogado y costas. Una mala tarde.
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