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Opinión

Adefesios

Exterior de una clase de Educación Infantil.

Exterior de una clase de Educación Infantil. / E.P.

El lento proceso de aprendizaje que comienza a partir del día en que nacemos determinará nuestro comportamiento a lo largo de nuestra vida. Resulta por ello esencial que el entorno que nos envuelve sea lo más amable, agradable y motivador posible, porque de él depende la conformación de nuestra personalidad y carácter. Platón ya advirtió que los niños aprenden de manera lúdica por imitación de las personas que los rodean, porque ejercen sobre ellos la función de modelos. En este sentido, son numerosos los estudios que confirman la intuición platónica, al sostener que el periodo entre 0 y 3 años es decisivo para generar las habilidades y capacidades básicas que aseguren un sólido desarrollo posterior de los individuos. Son muchos los autores clásicos que han comparado ese fecundo lapso formativo con la alimentación, pues del mismo modo que, para preservar nuestro propio bienestar, nos preocupamos por los nutrientes que ingerimos, debemos cuidar especialmente la calidad de la enseñanza que se imparte desde la infancia. La tesis fundamental es que, del mismo modo que una buena alimentación es sustancial para garantizar la robusta salud de los ciudadanos, la educación también lo es para afianzar su vigorosa instrucción como personas formadas y cultas.

De hecho, la expresión «persona formada» define a la que se ha afanado, como si se tratara de un escultor, en cincelar su propia forma. Cabe añadir que, desde Homero, se ha entendido que la forma es bella por sí misma. Es por ello que el adjetivo latino «formosus», con el significado literal de «estar dotado de forma», ha adquirido el significado general de «hermoso». De este modo, la belleza, acompañada de la bondad, ha marcado el canon estético y moral del humanismo occidental, según el principio renacentista de que «la forma es el adorno de la virtud».

Sin embargo, estos principios formativos sobre los que se ha conformado la civilización occidental durante siglos se están desfigurando. El uso indiscriminado de los móviles a edades muy tempranas, así como la intrusiva y disruptiva omnipresencia de las redes sociales están desviando a la mayoría de los jóvenes de su formación integral y humanista. La previsible consecuencia es que acaben disolviéndose, uniformizados en un rebaño digital que berrea «alimentado» por las memeces virales con las que, a modo de granjas industriales, les ceban las grandes plataformas tecnológicas. Esa disolución masiva comporta a su vez el surgimiento de una sociedad amorfa que, por su anodina despersonalización, se somete dócilmente a la imposición de los uniformadores totalitarismos. Por último, la pérdida de las formas conlleva la deformación grotesca de la sociedad, transformada en una informe pasta viscosa amasada por el imperio de la barbarie. Ante el riesgo de que acabemos todos desfigurados, metamorfoseados en esperpénticos adefesios, convendrá que, entre los propósitos de enmienda para este nuevo año, añadamos un nuevo pósit en el espejo que nos recuerde cada mañana que «quien no se forma, se deforma».

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