Opinión | Al azar
Europa es el país más cobarde

Trump dice que Rubio, Hegseth y Stephen Miller estarán a cargo de Venezuela
Nadie podrá discutir que Europa actúa por fin unida, como una entidad solidificada. Y una vez estrenada la configuración estatal, se comporta como el país más cobarde del mundo. Se desencadena la III Guerra Mundial y los europeos se declaran más neutros que neutrales. «Monitorizan», «contemplan con preocupación», «observan detenidamente» el secuestro a domicilio del presidente de Venezuela. El ataque a Caracas tuvo lugar de madrugada, lo cual no impidió que el New York Times publicara a las siete de la mañana un artículo de su comité editorial donde hablaba de una operación «ilegal y torpe». A mediodía del sábado, el Viejísimo Continente seguía «analizando lo sucedido».
Se apelará a la «excepción ibérica», pero Pedro Sánchez solo ha demostrado que puede competir en oportunismo con el mismísimo Trump. De buena mañana únicamente hablaba Albares, lo cual equivale a anunciar que el Gobierno no concedía la mínima importancia a la decapitación de Venezuela. El ministro de Exteriores se limitaba a observar con detenimiento y a pedir «la desescalada», cuando todos los asaltantes habían desescalado ya el palacio de Miraflores. La reacción personalizada del presidente del Gobierno solo se produjo tras olfatear que puede obtener un rédito en casa, sobre todo tras la humillación desde Florida a María Corina Machado.
En las cuatro intervenciones de Trump posteriores al secuestro, la palabra Europa no se menciona en una sola ocasión, salvo indirectamente para presagiar la ocupación de Groenlandia, ¿cuántos europeos están dispuestos a morir para defender la isla congelada? En cuanto a Marco Rubio, que es la versión del Donald para animales racionales, proclama directamente «nuestro hemisferio». A pesar del nombre y apellido hispanos del ministro de Exteriores del imperio, omite los «tradicionales lazos» que a España tanto la inflaman. Ana Patricia Botín advirtió del riesgo de un continente transformado en museo, y Trump no frecuenta el arte. Con su desfachatez, aclara que el problema no radica en la dificultad de sentirse europeo, sino en la facilidad para avergonzarse de serlo.
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