Opinión | Escrito sin red
Del asesinato de los bellasombras

Tala de los bellasombras de la plaza Llorenç Villalonga. / Manu Mielniezuk
No se confundan ni me tachen de monstruo de insensibilidad, respetados lectores, yo también me apené por el trágico final de los bellasombras de la Plaça Llorenç Villalonga. Desde mi infancia frecuenté tan hermosa arboleda originaria de las Américas, inserta en la balconada del barrio de la Calatrava que se asoma a nuestra bahía. Los bellasombras forman parte también de mi memoria sentimental. Y participé del ayuntamiento que eligió este recoleto emplazamiento para recordar a la figura señera de las letras mallorquinas del siglo XX. Pero me atrevo a sugerir que no existe proporción entre la tristeza por su enfermedad y la consiguiente desaparición de esos imponentes árboles y esa especie de auto sacramental con rasgado de vestiduras escenificado por vecinos y activistas del PSIB de Sánchez, de Més y la extrema izquierda comunista. Al que se han sumado de forma entusiasta poetas y periodistas de primera línea, acusando al ayuntamiento de Palma y a su alcalde de algo parecido a un asesinato de los hermosos árboles con alevosía, para sustituirlos por una terraza de sillas y mesas que libere las vistas de casoplones y hoteles en primera línea. Ignoro si existen planes para tal fin por parte de las instancias políticas municipales, pero a falta de alguna concreción en este sentido, reservaré mi indignación contra el consistorio para el momento en que tales acusaciones cobren sentido y amenacen al genio del lugar, un genio de mucho poder.
Como es bien sabido, el drama empezó hace tiempo cuando la poda de dos árboles por los operarios municipales ya fue impedida por los mismos protagonistas, que recurrieron a la justicia, que la suspendió. Tras el análisis de la documentación de los técnicos municipales, que avisaba de la enfermedad de los ejemplares y el riesgo de la caída de unas ramas, fue autorizada la poda. El pasado diciembre se escenificó nuevamente el drama al decidir el ayuntamiento la eliminación de todos los ejemplares al diagnosticar el mal estado de los mismos sin posibilidad de recuperación. Se sucedieron los mismos movimientos de activistas y justicia. Se argumentó por parte de un representante vecinal, disconforme con la documentación técnica de los funcionarios municipales, la necesidad de acudir a un técnico forestal de Valencia para contrarrestar la propia del ayuntamiento. Para mayor confusión, llegó a decirse en medios municipales que la eliminación de los bellasombras era desconocida por parte del alcalde. Lo primero no deja en muy buen lugar la competencia de los funcionarios, relegados a mamporreros de ignotos intereses urbanísticos, algo que la administración municipal no puede admitir. Sobre lo segundo, me atrevo a decir que es imposible que el alcalde desconociera la iniciativa municipal, pues tras el impacto ciudadano, de los dimes y diretes y de los trámites judiciales de la primera poda, era muy aventurado presumir su ignorancia en tan delicado momento. Al final, la justicia autorizó la eliminación de los árboles ante la desolación de la izquierda woke y el nacionalismo de Més.
El romanticismo fue el movimiento filosófico y literario que se rebeló contra la razón ilustrada y dio paso a la exaltación del yo y a sus sentimientos. Un paso que, si bien dio frutos imperecederos en la novela y la poesía, fue el origen seminal del nacionalismo político y de las utopías mesiánicas que han marcado con sangre la historia de la humanidad. Ambas estaban presentes en el aquelarre fúnebre que sus seguidores protagonizaron en el escenario del asesinato arbóreo. No pongo en duda que la expresión de los sentimientos no sea un proceso liberador y necesario para la psique humana, pero su expresión hipertrófica es casi siempre síntoma de una enfermedad del alma que puede causar enormes sufrimientos tanto a los individuos como a la sociedad en general. Es al atardecer cuando la lechuza de Minerva bate sus alas, como dijera Hegel, y como podemos decir nosotros al contemplar, como el Angelus Novus de Paul Klee y de Walter Benjamin las escabechinas del siglo XX y de los primeros años del XXI.
Pero la hipertrofia sentimental es la gasolina que alimenta el nacionalismo, también el que vive entre nosotros, el que desde siempre ha sido el hijo político más querido de la Iglesia de Mallorca, que tiene entre los seguidores de Més a sus hijos más queridos, siempre permeados por el síndrome de la pureza en todos los órdenes; también a la pureza de la sangre, a la que acuden siempre en su componente anti chueta, en su antisemitismo, como se evidenció con la censura de la OCB a la conferencia de la doctora Laura Miró Bonnín en Manacor. Ahora, con la inmigración, sienten la angustia de la pérdida de identidad, uno de los cuatro jinetes del apocalipsis de la nación catalana, que Pujol, el corrupto Pujol, quiso para Cataluña. A quienes los dioses quieren perder, los vuelven ciegos. No les mueve la gestión pública, les aburre, ante la prioridad de salvar a la nación. Y así puede verse como su líder, tan cercano al obispo, Apesteguia, ha arruinado al ayuntamiento de Deiá del que fue alcalde y se las ha pirado pasando el muerto a su sucesor; y sigue como si nada, aspirando a presidir nuestras Illes Balears. Como su concejal de Palma, la adusta Truyol, la favorecedora de los intereses privados de su familia en el ayuntamiento de Palma, partícipe de la responsabilidad urbanística de letales consecuencias en la oferta de vivienda que sufren los ciudadanos.
Con diferentes motivaciones, la extrema izquierda también ha protagonizado el esperpento funeral de los bellasombras. Les une a nacionalistas y extremistas el desgarro por el fin de todos sus ensueños mesiánicos, que coincide, con el fin del ensueño kantiano, el que edificó el derecho internacional. Aunque a este poco le hayan respetado. Es este último un embeleco de la fuerza en la medida en que no es necesaria, pero que se ha disuelto como un azucarillo cuando la fuerza ha reclamado su imperio. Con todos los matices que se quiera, Tucídides reclama su vigencia señalando los límites de Kant. Los dolientes de la izquierda nacionalista y comunista son, generalmente, gente malhumorada, dolida contra el mundo, que han encontrado en la eliminación arbórea el enésimo motivo para victimizarse más ellos y arremeter contra el alcalde Martínez, el despiadado asesino de los bellasombras.
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