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Opinión | Tribuna

Un reto para la cultura: las artistas no deberían pagar por aportar su talento

Movimiento Feminista

Movimiento Feminista / EP

En los últimos años, el feminismo ha ganado peso en la programación cultural de nuestras islas. Exposiciones, proyectos artísticos y actividades públicas abordan temas necesarios como la igualdad de género o la violencia machista. Es un avance positivo que todos celebramos.

Sin embargo, hay una pregunta básica que rara vez se plantea en público: ¿en qué condiciones se pide a las artistas que participen en estos proyectos?

La cultura no se crea sola. Para que una exposición vea la luz hacen falta muchas horas de trabajo, materiales, transporte y una dedicación real. A pesar de ello, sigue siendo habitual que se invite a las artistas a participar sin recibir ninguna remuneración, obligándolas a asumir de su propio bolsillo todos los gastos.

Este modelo está tan normalizado que a menudo pasa desapercibido, pero sus consecuencias son claras. Cuando hacer cultura implica perder dinero, no todo el mundo puede permitirse participar. Esta precariedad afecta especialmente a las mujeres, que continúan siendo las más expuestas a la falta de estabilidad laboral y económica.

Aceptar que el trabajo artístico no se pague refuerza una idea peligrosa: que el talento o el compromiso justifican trabajar gratis. Pero el trabajo sigue siendo trabajo, incluso cuando nace de la pasión o de la vocación.

Las iniciativas culturales con enfoque feminista cumplen una función social fundamental: visibilizan problemas y generan debate. Sin embargo, su coherencia se resiente cuando no tienen en cuenta la realidad material de quienes crean esos contenidos. No se puede defender la dignidad de la mujer en un cartel mientras se precariza a la mujer que lo ha pintado.

Cubrir los gastos básicos, facilitar la logística o pagar honorarios, aunque sean modestos, no es un lujo ni un detalle secundario. Es simplemente reconocer que el trabajo artístico tiene un valor. Si permitimos que la cultura se sostenga sobre la precariedad, estamos dejando fuera a muchas creadoras.

Esta reflexión no busca señalar a nadie, sino abrir un debate necesario. Si queremos una cultura más justa, también debemos preguntarnos quién asume los costes. Porque promover la igualdad no es solo una cuestión de discursos; empieza por algo muy concreto: que las artistas no tengan que pagar por aportar su talento.

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