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Opinión

Sin figuras retóricas

La gran novedad de la rueda de prensa de Trump (y de las intervenciones del secretario de Estado Rubio) es que la navaja fue afilada y sincera como nunca lo habíamos visto

Donald Trump.

Donald Trump. / EFE

No vamos a entrar en detalles filosóficos o científicos porque el concepto ha tenido múltiples connotaciones y lecturas, muchas aplicaciones a lo largo de la Historia. Quedémonos pues en la percepción más conocida y aceptada de este principio metodológico de exigencia de simplicidad (como dicen los manuales) conocido como la navaja de Ockham. El fraile franciscano del siglo XIV no lo describió con estas palabras exactas, y más bien hacía referencia a la existencia de Dios y a la posibilidad de los milagros, pero ha quedado grabado en la práctica política y económica de esta forma: «En igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable». Siglos más tarde, Leibniz formuló otra teoría que se basaba en la perfección de la naturaleza y en la enorme dificultad de acceder de forma racional a todos sus secretos: «Todo lo que sea posible que ocurra, acabará ocurriendo». Si combinamos ambas afirmaciones, tenemos el resumen de la memorable (que significa «digna de ser recordada») intervención de Donald Trump justo después del raid en territorio venezolano que acabó con la detención de Maduro y de su esposa.

La explicación más sencilla se llama petróleo. O, si queremos ir un poco más allá (en retórica, metonimia), todo lo que tiene que ver no solo con la materia líquida, sino con el control político explícito sobre los hidrocarburos y sobre el país que los produce y comercializa. Alguien se dedicó a contar las veces que Trump dijo «libertad». Cero. También contaron las veces que habló de «petróleo». Veintisiete. Es decir, de una tacada, arrinconó cualquier otra explicación, sobre todo las ideológicas y las que berrean a favor de la legitimidad democrática. Y, como era posible que esto ocurriera, pues resulta que ocurrió. De la misma forma que puede ocurrir, porque es posible, en Colombia, en Cuba o en Groenlandia.

La gran novedad de la rueda de prensa de Trump (y de las intervenciones del secretario de Estado Rubio) es que la navaja fue afilada y sincera como nunca lo habíamos visto. En este mundo, ser ingenuo es un pecado imperdonable. Después de la Segunda Guerra Mundial, para no ir más lejos, Estados Unidos ha practicado políticas intervencionistas en todo el mundo, con más o menos subterfugios y tanto si los dirigentes eran demócratas o republicanos. Desde Vietnam a Chile, pongamos por caso. Y han ejercido el poder de manera concreta o a través de los hilos de los títeres que mandaban allí donde Estados Unidos había decidido que mandaran títeres. Es decir, nada nuevo bajo el sol. La gran novedad es que ahora actúan sin máscaras, sin figuras retóricas.

En el mundo del deporte, estamos acostumbrados a utilizar términos bélicos. Lo que no es tan habitual es explicar la guerra (o la violencia de los ejércitos) como si de un partido de rugby se tratara. Esto es lo que hizo Trump, como si fuera el entrenador que alaba el espíritu combativo y la destreza de los jugadores después de una victoria. Como muestra de entusiasmo desaforado y, en consecuencia, como aviso para navegantes, sin romances de ciego.

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