Opinión | Tribuna
Votar con memoria: Múnich y la sombra de los Juegos Olímpicos

Juegos Olímpicos / EP
Hace unos días participé en la convocatoria ciudadana de Múnich en la que se preguntaba a los residentes si deseamos que la ciudad vuelva a presentarse como sede de unos futuros Juegos Olímpicos. No es una decisión menor. No lo es para Múnich, ni para Alemania, ni tampoco para Europa. Y desde luego no lo es para quienes, como yo, vivimos aquí desde hace años —en mi caso, desde 2014— y convivimos a diario con una ciudad que carga con una memoria olímpica tan brillante como trágica.
Múnich no es la única ciudad alemana que aspira a albergar los Juegos. Berlín también está en la carrera, y probablemente otras ciudades europeas observarán con atención el resultado de estos procesos participativos. Pero en Múnich la pregunta tiene una densidad histórica especial. Aquí, votar no es solo decidir sobre infraestructuras, movilidad o proyección internacional. Es, inevitablemente, votar con memoria.
Ese ejercicio de memoria se me hizo especialmente presente tras ver dos películas que, curiosamente, no conocía hasta ahora y que han acompañado este proceso de reflexión personal. La primera es Munich (2005), dirigida por Steven Spielberg, que reconstruye la operación de represalia del Mossad tras el asesinato de once atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de 1972. La segunda es September 5 (2024), una película mucho más reciente que se centra en la cobertura técnica y periodística de ABC Sports durante la crisis de los rehenes.
Ambas miradas son complementarias. Spielberg se ocupa del «después»: de la cadena de decisiones, venganzas y dilemas morales que siguieron a la tragedia. September 5, en cambio, se sitúa en el «durante», en el momento exacto en que la historia se rompe en directo ante millones de espectadores. Y es ahí donde aparece una pregunta ética que sigue siendo inquietantemente actual: ¿somos cómplices de los terroristas si estos están viendo en tiempo real lo que transmitimos?
La Olimpiada de Múnich 1972 fue la primera en la que el evento se retransmitió en directo y de forma masiva por televisión. Lo que hasta entonces había sido un espectáculo deportivo se convirtió, de repente, en un acontecimiento global en tiempo real. La tecnología, que debía servir para unir al mundo en torno al deporte y la paz, se transformó también en un instrumento involuntario del terror. Esa tensión —entre información, espectáculo y responsabilidad— no ha dejado de acompañarnos desde entonces.
En 2022, con motivo del 50 aniversario de aquellos Juegos, Múnich volvió a mirar a su pasado olímpico. Fue también una nueva ocasión para que la reina Silvia de Suecia visitara la ciudad. Su historia personal está íntimamente ligada a Múnich 72: de nacionalidad alemana, conoció aquí a quien sería su marido, el rey Gustavo de Suecia, mientras trabajaba como azafata VIP durante los Juegos. Es una de esas historias humanas que recuerdan que la Olimpiada no fue solo tragedia, sino también encuentro, modernidad y apertura al mundo.
Porque no conviene olvidar que Múnich 72 representó, además, un hito de innovación y renovación urbana. El recinto olímpico, con su revolucionaria arquitectura ligera y transparente, simbolizaba una Alemania democrática, optimista y orientada al futuro, muy distinta de la imagen sombría asociada todavía al pasado nazi. A día de hoy, ese espacio sigue siendo uno de los grandes logros urbanísticos de la ciudad y un ejemplo de cómo unos Juegos pueden dejar un legado positivo y duradero.
Barcelona lo vivió de forma ejemplar en 1992. Allí quedó demostrado que una Olimpiada puede ser una oportunidad extraordinaria para modernizar infraestructuras, abrir la ciudad al mar, renovar barrios enteros y proyectarse internacionalmente durante décadas. Quienes hemos vivido o conocido de cerca ese proceso sabemos que los Juegos pueden ser algo más que un evento deportivo: pueden ser un acelerador de transformación urbana y social.
Múnich, sin duda, también lo sería. Una nueva Olimpiada permitiría actualizar infraestructuras, repensar la movilidad, impulsar la sostenibilidad y reforzar el papel de la ciudad como uno de los grandes centros europeos de innovación, cultura y convivencia. Pero hoy el contexto es otro. La situación geopolítica actual —con guerras en Europa y Oriente Medio, con el terrorismo nuevamente presente en el imaginario colectivo— hace que cada recuerdo, cada imagen y cada referencia histórica pese más a la hora de firmar esa papeleta.
Votar sobre unos Juegos Olímpicos en Múnich no es solo decidir si queremos más turistas o nuevas instalaciones deportivas. Es preguntarnos qué significa hoy celebrar una fiesta global del deporte en un mundo fragmentado. Es preguntarnos si hemos aprendido algo de 1972. Y es, sobre todo, asumir que el progreso, la tecnología y la visibilidad global siempre traen consigo nuevas responsabilidades éticas.
Al depositar mi voto, no pude evitar pensar en todo ello. En el pasado y en el futuro. En la ilusión y en la herida. En la promesa de renovación y en la necesidad de no banalizar la memoria. Quizá de eso se trate, al final: de decidir si somos capaces de mirar hacia adelante sin dejar de mirar atrás. Porque solo así, votando con memoria, una ciudad como Múnich puede aspirar de nuevo a ser sede olímpica.
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