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Opinión

Venezuela, la cara y la cruz

María Corina Machado

María Corina Machado / Jimmy Villalta / Zuma Press / ContactoPhoto

Todo lo que está pasando en Venezuela permite tantos análisis que es ideal para practicar el ejercicio de escribir, sobre el mismo tema, artículos contradictorios, y todos con razones solventes.

Desde la mirada anti-Trump los argumentos son poderosos, no en vano la acción militar contra el régimen de Venezuela se ha saltado todas las normas del derecho internacional, y ni siquiera es equiparable a otras acciones polémicas, como la invasión de Irak o la de Panamá. La operación Absolute Resolve de Trump sobre Maduro ha ido más allá de la operación Just Cause con la que Bush invadió Panamá en 1989 y detuvo el general Noriega, por cierto con los mismos cargos de narcotráfico y crimen organizado. Para los que consideran que este macho alfa de la política -«¡el hombre fuerte!», que decía Harari- se ha cargado el espíritu de la Carta del Atlántico, que Churchill y Roosevelt acordaron en 1941 y que sería la base del derecho internacional moderno, tienen razón.

Pero también tienen razón los que consideran que la legalidad internacional nacida después de la Segunda Guerra Mundial es una ficción que equipara jurídicamente a las democracias con regímenes criminales. Solo hay que pensar en Irán o en Afganistán o, no hace falta decirlo, con la Rusia que, ocupando Crimea e invadiendo Ucrania, refuerza su papel estratégico, para entender que el orden internacional es una auténtica broma. Esta es la gran quiebra de la ONU, convertida en un escenario dantesco que blanquea a las peores dictaduras y las iguala a los Estados de derecho. El caso de Venezuela es de manual. ¿Qué hacer con un régimen que roba literalmente las elecciones, reprime brutalmente a los opositores, empobrece el país hasta la extenuación y se convierte en la pista de aterrizaje de redes criminales? Es evidente que Venezuela es un país ocupado, pero sobre todo por iraníes, cubanos y rusos, con China trampeando, y todos ellos desestabilizando la región y amenazando directamente los intereses americanos. A la vez, una institución que vela por el orden internacional no ha servido para nada más que para mantener la impunidad del régimen. Desde esta perspectiva, la detención de Maduro es una excelente noticia que han celebrado millones de venezolanos en todo el mundo. Al menos, abre las puertas a escenarios esperanzadores. Al final, era Maduro quien se cargaba de pleno la legalidad internacional y no parecía que se pudiera parar por ninguna otra vía que no fuera la expeditiva: había quedado claro que las urnas se las pasaba por el forro.

Entonces, ¿hay que aceptar que Trump actúe como el sheriff de la región? No y sí. Es decir, claro que no es bueno que Trump ejerza la hegemonía mundial con puño de hierro. Y si lo hace, hay que exigir que cualquier acción como la de Venezuela tenga consensos garantizados y se resuelva de manera democrática. Pero también es verdad que, con una Europa inútil en términos geopolíticos, una Rusia impune y una China a la conquista del mundo, el papel de Estados Unidos es fundamental para la defensa del modelo democrático. Lo que no vale es criticar ferozmente la acción de Trump, pero no haber hecho nada para impedir la dictadura bolivariana. De hecho, hay que recordar que muchos de los que ahora lo demonizan, han callado, justificado y/o aplaudido la brutalidad del régimen de Maduro. Al final, tenemos que saber en qué lado del mundo nos situamos, con un mapa geopolítico que está repitiendo las alianzas de la guerra fría.

Un apunte final. Todo es demasiado neblinoso para especular cómo seguirá el proceso y algunas noticias, como el rechazo inicial a María Corina Machado, parecen desconcertantes. Aun así, si son ciertas las informaciones, resulta inteligente iniciar la transición con los restos del régimen, para evitar cualquier situación violenta. Aquí parece que los americanos han aprendido de los errores de Irak, cuando destruyeron la administración de Sadam Husein y abocaron el país a un escenario caótico. El proceso tendría que ser en varias fases: una primera transición con Delcy, para garantizar la continuidad administrativa, mantener abiertos los canales con los sectores duros y evitar el caos. Una segunda, donde la oposición tendría que poder participar en las estructuras del poder con técnicos, administrativos y liderazgos; y una tercera, donde se convocaran elecciones democráticamente garantizadas. Edmundo y María Corina al final, y no al inicio de la transición, para evitar el desastre.

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