Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

La única alternativa al agotamiento del orden mundial

Un hecho reciente, ejecutado con frialdad técnica y sin dramatismo visible, ha revelado más sobre el estado del mundo que muchos discursos diplomáticos. La detención de un jefe de Estado y su traslado forzoso fuera de su país no es solo un episodio político: es un síntoma. Un síntoma de que el sistema internacional ya no logra resolver las crisis sin vulnerar sus propias reglas.

El problema no es la falta de normas, sino su aplicación selectiva. El derecho internacional fue concebido para limitar el poder de los más fuertes, no para ser ignorado cuando deja de resultar conveniente. Cuando la fuerza sustituye al derecho, el orden global pierde coherencia, previsibilidad y legitimidad, y se vuelve especialmente peligroso para los pueblos más frágiles.

No se trata de defender regímenes autoritarios ni de relativizar abusos internos. Las violaciones de derechos deben denunciarse sin ambigüedad. Pero el método importa. La historia demuestra que imponer soluciones rápidas suele generar inestabilidad duradera. La prisa, disfrazada de eficacia, acostumbra a producir ruinas políticas difíciles de reparar.

A menudo se invoca 1939 como advertencia. Sin embargo, el error actual no es la ingenuidad, sino el cálculo frío. Hoy existen instituciones multilaterales, tratados, tribunales y mecanismos de cooperación. El mundo no carece de estructuras; carece de voluntad para fortalecerlas y someter el poder a reglas compartidas.

Ya en la primera mitad del siglo XX se advirtió que un sistema basado exclusivamente en soberanías nacionales absolutas no podía sostener la paz. En ese contexto se formuló una alternativa: una comunidad mundial en la que todos los Estados estuvieran representados, preservando su autonomía interna, pero cooperando dentro de un marco jurídico común.

Ese planteamiento no describía una autoridad central despótica, sino un modelo federativo global. Una estructura con una asamblea representativa encargada de legislar sobre asuntos comunes; un órgano ejecutivo responsable de aplicar esas decisiones bajo control legal; y un tribunal internacional con capacidad real para resolver disputas entre Estados. La clave era el equilibrio entre unidad y diversidad, no la concentración del poder.

El rechazo instintivo a la idea de una gobernanza global suele basarse en una proyección del presente: el temor a que unos pocos dominen al resto. Pero ese escenario ignora que tal sistema solo podría surgir tras un largo proceso de aprendizaje colectivo, cuando los propios gobiernos comprendan que la soberanía sin cooperación ya no protege, sino que expone.

Los grandes desafíos actuales: pandemias, crisis climática, migraciones masivas, inestabilidad financiera, atraviesan fronteras con total indiferencia. Pretender afrontarlos con respuestas aisladas no es realismo político; es una forma de negación.

La alternativa al desorden no es más imposición, sino más coordinación. No es una utopía. Es una necesidad histórica. Todas las grandes transformaciones comenzaron como ideas consideradas imposibles. Hoy, ante el evidente agotamiento del sistema vigente, avanzar hacia una gobernanza global justa y representativa no es idealismo: es responsabilidad.

Tracking Pixel Contents