Opinión
Cuando la democracia deja de servir en un mundo de imperios
La democracia no ha dejado de ser un ideal; ha dejado de ser suficiente. El mundo se reorganiza en imperios porque solo los imperios pueden sostener una soberanía real en un sistema tecnológico, industrial y militar. Los demás Estados no compiten: dependen. Y en un mundo de dependencia estructural, la democracia se vuelve un lujo frágil.
No se trata de una tesis ideológica ni de un arrebato coyuntural, sino de un diagnóstico estructural. El orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial —basado en instituciones multilaterales, reglas compartidas y contención del uso unilateral de la fuerza— está siendo desplazado por otro más crudo. Un orden en el que el poder ya no se legitima por normas universales, sino por capacidad efectiva: producir, controlar tecnología crítica, asegurar recursos estratégicos y proyectar fuerza.
Venezuela ha sido el detonante reciente —no el origen— de esta mutación. La intervención militar estadounidense y la captura de Nicolás Maduro mostraron hasta qué punto la soberanía se vuelve negociable cuando un Estado carece de poder estructural. La reacción internacional confirmó lo evidente: las instituciones multilaterales pueden condenar, pero no imponer. El precedente quedó establecido.
Ese precedente no es regional ni anecdótico. Forma parte de una lógica más amplia que algunos analistas describen como unaDoctrina Monroe 2.0, una reinterpretación del poder hemisférico que se arroga el derecho a intervenir o reordenar territorios estratégicos cuando conviene. A diferencia de la doctrina original, esta versión no distingue claramente entre adversarios y aliados. Las reiteradas declaraciones sobre Groenlandia —territorio autónomo de Dinamarca y espacio estratégico de la OTAN— lo dejan claro. Venezuela muestra la facilidad del gesto; Groenlandia, su alcance real. En ambos casos, la soberanía deja de ser inviolable cuando entra en conflicto con intereses superiores.
No es un fenómeno aislado. Los ataques contra el Estado Islámico en Nigeria, el respaldo militar a Israel frente a Irán o la ambigüedad respecto a Ucrania responden a la misma lógica: decisiones ejecutivas rápidas, justificación posterior y una relación cada vez más instrumental con el derecho internacional. La fuerza vuelve a preceder a la norma.
Durante décadas se creyó que la globalización haría el imperialismo obsoleto. Fue una ilusión. La globalización no eliminó el poder; lo redistribuyó de forma asimétrica. Algunos países conservaron el control del stack completo —la cadena integrada de energía, industria, tecnología, logística y defensa—; otros externalizaron su soberanía material. Hoy pagan el precio.
En este nuevo orden, la soberanía ya no es jurídica, sino industrial y tecnológica. Un Estado que no controla semiconductores, energía, redes digitales o inteligencia artificial puede votar, pero no decidir.
De ahí el retorno de la lógica imperial como solución funcional. Estados Unidos, China y Rusia encarnan modelos distintos, pero convergentes. China articula un control vertical de la industria, la tecnología y la población; Rusia combina poder energético, capacidad militar y desestabilización híbrida; Estados Unidos opera un imperio más difuso, apoyado en el dominio tecnológico, financiero y cultural. India emerge como potencia bisagra, capaz de moverse entre bloques sin someterse del todo a ninguno. Fuera de este eje, gran parte del mundo funciona ya como periferia funcional.
Europa ocupa una posición ambigua. Es una potencia intelectual y normativa sin equivalente, pero carece de músculo industrial, energético y militar. Es mayor que Rusia en tamaño económico, pero estratégicamente menos eficaz. Europa piensa como poder, pero actúa como mercado. No está fuera del sistema imperial, pero tampoco lo dirige.
En este contexto surge la pregunta que nadie quiere formular sin rodeos: ¿quién frena ahora a China si decide anexionar Taiwán? ¿Quién frena a Rusia si sigue probando los límites de Europa? En un sistema gobernado por precedentes y no por principios, cada soberanía vulnerada sin coste reduce el precio de la siguiente. Si la fuerza sustituye a la norma cuando conviene, resulta difícil negar a otros ese mismo derecho.
Aquí entra el segundo gran vector del nuevo orden: la tecnología. La democracia no está siendo erosionada principalmente por tanques, sino por fatiga. La apatía no necesita ser autoritaria; basta con ser anti-coste. Las grandes plataformas no producen ciudadanía, sino atención. El usuario no es el ciudadano; es el producto. La inteligencia artificial acelera el proceso: propaganda personalizada, manipulación emocional y ruido constante. Los autócratas del siglo XXI no gobiernan solo por miedo; gobiernan por agotamiento cognitivo: saturar, confundir, dividir, distraer.
Las grandes empresas tecnológicas —en su mayoría estadounidenses— se han convertido en actores de poder no electos, con una capacidad de influencia comparable a la de muchos Estados. En sistemas autoritarios, cuando el poder económico desafía al político, el Estado interviene sin complejos. En Occidente, la relación es más ambigua: dependencia mutua, regulación tardía y una tecnocracia que presenta como inevitable lo que en realidad es una decisión política.
Las instituciones del orden liberal sobreviven, pero transformadas. La ONU certifica más conflictos de los que evita. La OTAN depende de voluntades políticas inciertas. El derecho internacional existe, pero sin capacidad de imposición se convierte en argumento, no en límite.
Conviene, además, no idealizar este nuevo orden imperial como un sistema estable o definitivo. La historia muestra que los imperios no suelen colapsar por falta de fuerza, sino por exceso de complejidad. Cuanto más control necesita un sistema para sostener su dominio —sobre territorios, cadenas de suministro, tecnología, información y poblaciones—, más dependiente se vuelve de infraestructuras densas y frágiles. El poder absoluto no elimina el riesgo; lo desplaza. En un mundo hiperconectado, la concentración extrema de control puede producir estabilidad aparente, pero también vulnerabilidades sistémicas. Cualquier interrupción menor puede desencadenar efectos en cascada. El nuevo orden no es invulnerable: es exigente, costoso y permanentemente tensionado.
Nada de esto implica que la democracia esté condenada. Implica algo más incómodo: que ya no es el resultado natural del progreso. Es una construcción exigente y frágil en un mundo de dependencias y distracción permanente. Y todo conduce a la pregunta decisiva. Para el ciudadano de a pie —entretenido, adaptado, funcional—, ¿qué cambia realmente su vida si es gobernado por una democracia liberal o por un poder autoritario eficaz que promete orden y estabilidad? Si el consumo fluye y el algoritmo sigue funcionando, ¿importa todavía quién gobierna?
Venezuela no es el problema central, sino el síntoma. El verdadero riesgo es el precedente. Cuando el poder descubre que puede avanzar sin pagar costes, otros aprenden. Y cuando varios imperios aprenden al mismo tiempo, el mundo deja de organizarse por reglas compartidas y empieza a hacerlo por imitación de la fuerza. Entonces la pregunta ya no es quién manda, sinoquién queda indefenso.
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