Opinión | Tierra de nadie
Aquí no ha pasado nada
Como solo fumo un cigarrillo al día (medio, a veces), procuro encontrar el momento más oportuno para ponerme a ello. Al caer la tarde, por ejemplo, libre ya de las tareas de la jornada. Un poco como premio a haber sido capaz de ocupar las horas que van desde el amanecer hasta el crepúsculo sin haber caído en una grave depresión, sin haberme ahorcado, en fin. Primero, busco el lugar idóneo; frente a una naturaleza muerta con mosca, pongamos por caso: algo que, sin desviar mi atención del tabaco, me proporcione cierta paz. Más difícil es encontrar la postura adecuada: ni demasiado cómoda, para no perder la conciencia, ni tan incómoda que reste un ápice (signifique lo que signifique ápice) a la acción principal. Tiene que estar todo muy calibrado para que ni un solo segundo de los pocos minutos que dura el encendido estén únicamente concentrados en el hecho de fumar.
Tan importantes como los momentos en los que inhalo o exhalo son aquellos en los que me limito a observar con indolencia aparente el cigarrillo entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda. Debo llevar cuidado con las corrientes de aire, aportadoras de cantidades adicionales de oxígeno capaces de acelerar la combustión. La combustión sin llama. Así es como arde mi espíritu, sin deflagración, sin vehemencia, sin incendio, podríamos decir. Recojo las cenizas en un cuenco japonés (no en un cenicero, por favor) de las que al poco volveré a revivir como el Ave Fénix (o como el Gato Félix, que decía el otro).
El teléfono, claro, en modo avión, para evitar una llamada impertinente. Lo mejor es que no haya nadie en casa, no solo porque nadie sabe que fumo desde hace años, sino porque el mero ruido de una puerta al cerrarse podría arruinar la ceremonia. A la segunda calada, noto el efecto de la nicotina en el cerebro (y, lo que es peor, en la faringe). Se establece ahí arriba, en la cabeza, una conexión pasajera, como cuando tras el apagón vuelve la luz. La historia de la humanidad, comparada con la historia del mundo, ha durado lo que un cigarrillo fumado ansiosamente. Yo fumo con parsimonia, para darle otra oportunidad a esta especie doliente y algo idiota. Finalizada la cópula entre el cigarrillo y yo (o la cópula del cigarriyo), regreso a la realidad y aquí no ha pasado nada.
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