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Opinión

Otra Europa que no es la de ahora

Brigitte Bardot surgió de entre las ruinas de la II Guerra Mundial, como nacen las diosas mitológicas. En Europa existía la Historia y la tuvimos a ella; en EEUU apenas y tuvieron a Marilyn Monroe. Ambas fueron los mitos sexuales de una generación anterior a la mía. Mi generación tuvo otros: pienso ahora en Jane Birkin o en Maria Schneider, por ejemplo, y tanto B.B. como Marilyn nos caían un poco lejos. Digamos que empezamos a valorar su cercanía a medida que nos hicimos mayores. Bastante mayores. Quiero decir que comprendimos la sexualidad de la generación anterior cuando tuvimos una edad a considerar. Porque cuando empezamos a verlas en revistas éramos demasiado jóvenes y no teníamos, no tanto lo que buscaban ellas como lo que el mundo ponía a sus pies para seducirlas. Bien: las cosas son como son y el tiempo posee distintos modos de compensación. Ahora ha muerto Brigitte Bardot y ya formaba parte de nuestra vida como podían hacerlo, ejem, los Beatles. En cuanto a Marilyn Monroe, dejémosla en brazos de los Kennedy.

Hay dos escenas de B.B. bailando que representan este asalto a su propia época. Una de ellas es en blanco y negro y ella salta medio desnuda, medio envuelta en una sábana en la cama de su joven amante. Cine de la Nouvelle Vague y estética post-existencialista con mayo del 68 llamando a las puertas. Esta B.B. es nuestra B.B. y apenas se entera de lo que ocurre a su alrededor. Suele ocurrir con las diosas, por jóvenes que sean o por el escalafón que ocupen en el Olimpo. En este caso Brigitte Bardot era una diosa menor y la estética –discos, libros y periódicos por el suelo, cama deshecha, la ropa sobre las sillas– también era la de nuestra rara juventud.

La otra escena corresponde a Y Dios creó a la mujer… y el popular –y sensual, cómo no– baile del mambo. En ese momento, ella ya se sabe más allá de los hombres, deseada por todos y dominátrix cuyo látigo es su cuerpo danzante. La contempla el maduro y sabio Curd Jurgens que sabe que ahí se esconde –como en la Grecia Antigua– la tragedia. Y sólo mira: conoce el destino y frente a él nada puede hacerse. Al aparecer Trintignant –su novio, o sea el joven aspirante– le queman los celos viendo como ella baila, orgiástica, entre los mulatos que ríen porque sus dioses son otros y quedan muy lejos. ‘Sólo es una mujer’ dicen con sus movimientos. Fiebre y violencia se apoderan de Trintignant y ella lo desprecia con el rostro. Él, sobrepasado, le grita: ¡para! Y Jürgens lo insulta: ¡imbécil! O lo que es lo mismo: retírate, no has entendido nada. Por supuesto ella no para, sino que aumenta la apuesta y su cuerpo ya es de todos –de los espectadores también– excepto de Trintignant. Entonces él enloquece, víctima de la diosa que juega a ser leona, como en la mitología egipcia.

A partir de ahí el mito también fue de todos. Europa necesitaba una Brigitte Bardot y ella ya sólo se necesitaba a sí misma. Cannes, Saint-Tropez, Vadim, Gainsbourg se convirtieron en complementos. Y uno de los últimos, el alemán Günther Sachs –con apellido de escritor francés, maldito y collabo– dijo que tres años con B.B. eran como treinta con otra mujer. La frase es equívoca, pero habla de medidas que no son humanas. ¿Su Boletín Oficial?: la cuatricomía del París-Match. Y un póster de ella celebrando los pick-ups y guateques vespertinos. Que no fuera una gran actriz importó poco. Lo suyo era otra cosa. Y las crías de foca o los burros bíblicos una herencia del paraíso donde reinó como Eva. O sea, desnuda.

Si Europa la necesitó para recuperar la frivolidad y la alegría, y olvidar la pesadumbre de la guerra, B.B. ha muerto en el preciso momento en que vuelven a sobrevolar las arpías y se cierne la posibilidad de otra gran guerra. Éste es también el ciclo de las diosas: durante las guerras desaparecen y nos dejan huérfanos y en manos de los orcos.

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