Opinión
El latazo de las uvas
Ya llegó la noche de las uvas, terminamos un año y empieza otro según el calendario gregoriano promulgado por el Papa Gregorio XIII en 1582, que sustituyó el que había decretado Julio César en el S.I a C. Ya hemos cruzado el Rubicón -alea jacta est-, el año 2026 ya está aquí. Me alegraría que nadie hubiese terminado la noche en urgencia hospitalaria a causa del peligroso reto logístico que supone tragarse doce uvas en menos de un minuto sin atragantarse. Queda superado un ritual que, se dice, impide nos llegue algún castigo durante el año que empezamos. El problema está en que si alguien no participa y critica esta tradición tan española (¿?) puede ser considerado sospechoso, antipático, subversivo e incluso tildado de antiespañol, puede llegar a recibir miradas que le harán sentir incómodo. Hay que aclarar que el origen de esta «cosa», o costumbre, hay que situarlo en Francia, país cuya viticultura tiene un importante peso en su producto interior bruto. Allí era, y es, costumbre el tomar champagne y uvas mientras cambia el año, tradición que se originó en el S. XIX, después de un año agrícolamente excelente, que supuso una gran cosecha de uvas en las viñas de Le Midi francés, lo cual ocasionó unos excedentes de producción de vino. Por esa razón empezó la tradición, poco elegante, absurda y sin sentido, de hacer pasar doce uvas del plato al estómago sin dar tiempo a masticarla y saborearlas.
Hoy, durante la celebración de la Nochevieja, cada campanada del reloj provoca pánico colectivo, bocas llenas de uva, mejillas hinchadas, enrojecidas, miradas de angustia ¡y un evidente peligro! Si se cumple con el rito y, nadie se atraganta y todo resulta bien, según la tradición, se llega a la conclusión de que eso no ha servido para nada, la vida seguirá igual, la rutina de los lunes, los resfriados, la hipoteca… Si no se participa en este momento social, con entusiasmo, resulta que se es un ser aburrido e inoportuno: ¿cómo te atreves a no tomarlas?, ¿acaso odias la Navidad? Es un momento obligatorio, no es opcional, es imperativo, ante el que no cabe el menor ejercicio crítico, lo contrario sería una afrenta el anfitrión, se trata de entender que es un acto de obediencia festiva. ¿Por qué no admitimos alguna vez que es una tradición importada? ¿Por qué no admitimos que el éxito, la buena suerte, no dependen de esta estupenda fruta, sino del esfuerzo, del acierto en las decisiones y también del azar?
Si no se quiere obviar este débito se deberá participar en la celebración tomando las p… uvas, con alegría, calma y serenidad y no con ansiedad y así se evitará el riesgo de ahogamiento al que conduce inexorablemente el impertinente reloj que confiere cero tiempo para masticar. Piensen con calma y llegarán a una conclusión… nadie disfruta de esta memez. Como espectáculo visual, el festejo, nos recuerda a Valle-Inclán en su «esperpento», coreografía colectiva, actores variados, -Max Estrella, Enriqueta, Zaratustra o el marqués de Bradomín- o tal vez al personaje de la mitología griega, Sísifo el del esfuerzo inútil y absurdo, empeñado en empujar una piedra monte arriba, monte abajo (granos de uva de la mano a la boca y de la boca al esófago). Camus consideraba que buscar sentido donde no lo hay es el mayor de los absurdos. No existe relación causal entre la fruta y el destino. Nietzsche desconfiaba de la moral del rebaño. Cierto, no comemos uvas por convicción sino por pertenencia, no hay que quedar fuera. ¡Aplausos, misión cumplida! Empezamos el año ahogados, pero, tranquilos, hemos hecho algo importante. El futuro no se mastica, se construye, no pretendamos domesticarlo con el tiempo que marca un reloj o una paradójica tradición.
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