Opinión
Y ahora, ¿qué?
Se entienden las dudas en torno al nuevo año, cómo nos sentará, si tendremos buena suerte o rozaremos la catástrofe, o si será un año como cualquier otro, interesante y a la vez despreciable. Por si sirve de ayuda, Susan Sontag empezó 1951 casándose con Philip Rieff «por miedo a mi tendencia a la autodestrucción», y al cabo tuvo que renunciar a la autoría de un libro en su favor para alcanzar un acuerdo de divorcio que le permitiese quedarse con la custodia del hijo que compartían.
El 1 de enero de 1895 Jules Renard hizo examen de conciencia y concluyó que no trabajó bastante, no salió bastante, comió demasiado, durmió demasiado. En 1857, Tolstoi empezó el año levantándose a las once y recibiendo «una carta lacónica pero amable» de Turgueniev. También tradujo un cuento de Andersen, que leyó en casa de Botkin y no gustó a nadie.
Patricia Highsmith inauguró 1946 descorchando una botella de champán a las nueve de la mañana, con su amante Rosalind y Natica. «Natica ha besado a Rosalind y no me ha importado. He hecho dibujos de ellas en la cama. Hemos salido muy temprano para hacernos tatuajes en Chinatown». Ricardo Piglia registra que comenzó 1975 yendo al cine, a ver Barrio chino, de Polanski. «La película parece basada en una novela que Chandler nunca escribió». Josep Pla resumió el Año nuevo de 1957 con un «Todo el día en la cama. Fatigadísimo. He vuelto a casa con dificultad. Me conviene una cura de silencio y reposo absoluto. Son tristes estos excesos. En los momentos factibles leo a Montaigne. Paso un mal rato. Qué viejo estoy».
No le fue mejor a Julio Ramón Ribeyro en 1956. El día anterior bebió con exceso. «Recuerdo haberme caído a las cuatro de la mañana en medio de la nieve. Pasó gente y no me recogió. Qué terrible es la soledad después de una borrachera. Un amigo colombiano, prodigiosamente inteligente y precozmente alcohólico, recomendaba para curarse el guayabo ver películas de cowboys». Borges comió en casa de Bioy Casares en Año Nuevo de 1953. Casares le contó que acababa de oír por la radio que había estallado una revolución en Venezuela contra Pérez Jiménez. Después de comer «nos reunimos alrededor del aparato de radio, avaro de noticias, pródigo de música sentimental y de avisos. Oímos la noticia de un accidente de un avión, seguido del aviso: ‘Crocatitas, las Criollitas’». Y dijo Borges: «Qué época esta: la muerte viene entre galletas».
En 2007, Rafael Chirbes vio «un espectacular reportaje-videoclip del último concierto de Madonna».
Paul Léautaud, al llegar 1948, almorzó en casa de su amiga Marie Dormoy. «Lo anoto para que no se crea que me ha salido gratis: 300 francos en pasteles como aguinaldo, 500 francos para la carne del almuerzo, una pierna de cordero. Y encima irá contando que sin ella me moriría de hambre».
Alejandra Pizarnik escribe en su diario, el 1 de enero de 1961: «Dentro de muy poco me suicidaré. Siento claramente que estoy llegando al final». Exageraba, pero no del todo. Fuera de esto, no hay motivos para no ser optimista. Y al revés.
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