Opinión | La suerte de besar
Verde que te quiero verde

Tala de los bellasombra de Llorenç Villalonga / Manu Mielniezuk
En 1984, la revista Science publicó un informe en el que revelaba que los pacientes recién operados que veían árboles desde su cama se recuperaban mejor que los que tenían una vista de ladrillos. El profesor de Harvard Edward O. Wilson evidenció, también en los 80, que la relación armónica con la naturaleza mejora nuestra salud, bienestar y productividad.
Más cosas: el investigador G. H. Donovan publicó varios estudios sobre los beneficios que los árboles plantados en ciudades tienen sobre la salud. En uno de ellos, aseguró que había una correlación directa entre la tala de millones de árboles urbanos y el incremento de más de 21.000 fallecimientos de personas por dolencias respiratorias. Oler lavanda relaja y favorece el sueño. El romero nos despeja y contribuye a la productividad. El aroma de la menta, la hierbabuena o el poleo mejoran la memoria y la lucidez. Un equipo de profesores de la Universidad de Tokio, capitaneado por Masashi Soga, demostró que quienes incorporaban tareas de jardinería en su día a día tenían menor incidencia de depresión, ansiedad y estrés. Los indicadores de hipertensión arterial descendían y mejoraban las funciones cognitivas. Existen estudios que señalan que escuchar sonidos provenientes de la naturaleza es positivo para tratar el dolor y para los postoperatorios. Mi amigo Francesc me ha regalado el libro Las bondades de la naturaleza, escrito por la profesora de la Universidad de Oxford (nombrar Oxford siempre infunde respeto) Kathy Willis, y su lectura es todo un aprendizaje.
Este presente coincide con haber conocido a un enfermero que trabaja en intervención comunitaria y que tiene el proyecto de convertir un centro de salud de atención primaria en un vergel. Quiere plantar arbustos, diseñar un huerto urbano y prescribir tratamientos que conlleven un contacto radical con entornos naturales. Me contó que tocar la tierra y rodearse de verde son actos de prevención de la salud.
Hace años charlé con un médico inglés que compartió los dones de tener árboles frutales en las puertas de las consultas. Me dijo que el nivel de estrés de un paciente bajaba estrepitosamente si, antes de una visita, se podía comer una manzana recién cogida. Imagino lo que supondría que los colegios, en vez de ser grises, estuviesen rodeados de verde. Si las calles de las ciudades, en vez de albergar terrazas de bares y restaurantes, aparcamientos o contenedores, fuesen espacios destinados a la vegetación, a la jardinería, a la promoción de la salud. ¡Que el campo conquiste la ciudad!
Mi abuela cultivó unos geranios que hoy riegan mis hijos. Tengo un jazmín al que mimo como si fuera una mascota. Cada vez que brota una flor, abro una botella de vino para celebrarlo. Más momentos felices: trepar almendros, arrumacos bajo un algarrobo o comer caquis directamente del frutal. Dar de mamar a mi primer hijo me costó. Me preocupaba que mi leche no fuera suficiente o no hacerlo bien. Un día paseé hasta la plaza Llorenç Villalonga y le alimenté bajo uno de los bellasombras que, por seguridad, han talado. Con cada árbol se han esfumado mil momentos. Una pena.
Mientras la ciencia dice «verde que te quiero verde», nuestros municipios nos castigan con grises. Sin planes, ni visión o proyección para mejorar la ciudad. Plantar árboles no es un tema de ideología. Es inteligencia y supervivencia.
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