Opinión
El turista sustituye al ciudadano
Las cifras no solo confirman que 2025 fue un mejor año para los turistas que para los ciudadanos a secas, con dos mil millones de desplazamientos ociosos. Los datos avalan por tanto que el rango de turista ha reemplazado a la ciudadanía en la ocupación física del espacio, y que ha ascendido sobre todo a la categoría más anhelada por la humanidad. El bípedo con chanclas y calcetines blancos se ha encaramado a Petronio de la civilización, el destino turístico es el mensaje.
El derecho humano más inalienable es un viaje organizado al año. Se reivindica incluso la palabra «t-u-r-i-s-t-a» con todas las letras, se ha eliminado la distinción proletaria con el clasista «viajero» a extinguir. Nada hay más sexy que pagar quinientos euros por deshacer la cama de una habitación de hotel, tan inexplorada al final de la estancia como la propia geografía abordada. Ahí queda la turista española que se queja en Mallorca de que la atiendan en catalán, «porque en Canarias hay que hablar en castellano». Existe vídeo al respecto.
Turismo es hojear el mundo, hablar de oídas con conocimiento de causa, la militancia en el conocimiento por adhesión superficial que caracteriza a Trump cuando le exige al chef Alain Ducasse que su cena en Le Jules Verne de la torre Eiffel no dure más de una hora y esté regado con Coca-Cola light. O en lenguaje plebeyo, cuarenta minutos de cola para situarse frente a la Mona Lisa, con objeto de ser desalojado a empellones al cabo de unos pocos segundos.
Las personas han dejado de identificarse con el lugar que habitan, ahora les representa el lugar que visitan. Siempre que no echen raíces, el crimen de lesa humanidad. La primera pregunta en los declinantes contactos sin intermediario electrónico plantea dónde te vas de veraneo, y la respuesta negativa supondría una automarginación intolerable. La situación bordea el sarcasmo en el caso de habitantes de zonas turísticas, que están siempre de vacaciones según el chascarrillo inevitable. Salvo que nadie ejerce sus derechos turísticos en busca de ocio, se trata de generar una actividad estéril pero incesante que agotaría a un magnate tecnológico.
John Lennon cantaba en Beautiful boy que «la vida es lo que te ocurre mientras estás atareado haciendo otros planes». Sin entrar en unos proyectos disueltos a tiros a los cuarenta años, la vida consiste hoy precisamente en planear el próximo viaje, incluida la dimensión trágica de que todo accidente luctuoso en un rincón del planeta afecta a seres denominados españoles cuando la distinción se efectuaba por país de procedencia. «¿Adónde vas?» es el dilema existencial en sustitución del clásico «¿quién eres?».
La vida se pierde entre viaje y viaje, pero la ocupación efímera del territorio a cargo de un turista se lleva a cabo con todas las consecuencias. Véase a los alcaldes de las islas griegas conminando a sus vecinos a que no salgan ese día de casa, porque las calles están a reventar de cruceristas desembarcados de una nave gigantesca. Rescátese la sentencia clarividente de Manuela Cañadas, portavoz de Vox en Balears, al consignar que «no podemos pretender los mallorquines querer ir en julio y en agosto a la playa como hace años». La sintaxis descacharrante no oculta la mejor descripción de la sustitución del ciudadano trasnochado por el turista hiperactivo, parece mentira que los humanos sedentarios pierdan el tiempo y la actualidad leyendo a Bauman o a Byung-Chul Han.
Las playas existen solo para los veraneantes. Si el residente desea rebozarse en la arena, debe adquirir antes el rango de turista, pagando una cantidad astronómica para disfrutar de una hamaca sembrada sobre lo que incluso «en julio y en agosto» se identificaba como su lugar de nacimiento. La apelación milagrosa a los puestos de trabajo exime asimismo de justificar la explotación del patrimonio común en beneficio de una reluciente minoría.
El turista no adquiere su condición hoy privilegiada desde la pasividad. El ritual iniciático de este eslabón evolutivo conlleva una dimensión aventurera, exige peripecias como experimentar un retraso de horas en un aeropuerto, mejor todavía si contempla una pernoctación precaria en asientos plastificados. Detalles que el ciudadano pasado de moda hubiera considerado malsanos se rectifican hoy en beneficio de la «experiencia» o «rutina sentiente», la magnitud subjetiva que transforma un veraneo anodino en inolvidable.
Nadie dijo que ser turista saliera barato. El acceso a esta jerarquía en determinados parajes españoles, véanse Ibiza o Formentera, puede comportar un desembolso superior a licenciarse en la materia en el Caribe. Durante décadas, los nativos eran unos privilegiados, en cuanto ciudadanos con acceso a carísimos disfrutes a un precio simbólico. Esta discriminación injustificable se viene corrigiendo mediante la elevación de los precios de la vivienda. Era absurdo que un ciudadano pagara diez veces menos que un turista por paladear una experiencia idéntica, verbigracia una puesta de sol inolvidable. Con la difusión de la nueva categoría global, también los indígenas pueden vivir a precios de turista sin salir de casa. La alternativa es el desalojo, ahora mismo no hay plazas para todos.
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