Opinión
De la necesaria honradez
Tiempo de desolación política: engaños, escarnio parlamentario y fango moral han erosionado la democracia, robando esperanza a los ciudadanos y exigiendo verdad y responsabilidad

El Congreso de los Diputados, en sesión de control al Gobierno el pasado 10 de diciembre. / Eduardo Parra - Europa Press
En determinados momentos, el periodista tiene que arriesgar para no engañarse a sí mismo. Los lectores son muy dueños de estar o no de acuerdo con él, pero esta posibilidad nunca debe ser causa suficiente para una autocensura que solamente pretende autoengañarse dando muestras de un cinismo indecente. En estas estamos precisamente cuando un año se cierra, otro asoma en el horizonte. Escribamos.
El año acabado ha resultado un «tiempo de desolación» para el planeta y todavía más para España como nación democrática y regida por una Constitución, todavía permanente en nuestra legislación. Desolación que sobreviene cuando los ciudadanos «esperan que los regidores de la cosa pública» sean coherentes con sus expectativas, y resulta que, no solamente las menosprecian porque, además, las utilizan para lucrarse económicamente, dedicarse a acciones inmorales, y hacer realidad ese fango que algunos han querido proclamar de cara a sus adversarios. Pues está muy claro, el fango estaba en casa, y lo estaba hasta cantidades inverosímiles, de tal manera que sus protagonistas están en chirona o acusados de barbaridades aberrantes. Los españoles hemos vivido sometidos al «escarnio de nuestros políticos», dejando de lado promesas repetidas desde el Parlamento. Un Parlamento en que hemos hecho de todo, pero, sobre todo, engañar al Pueblo desde antagonismos sospechosos, desde insultos descarados y, especialmente, desde prepotencias desquiciadas. Ha sido un Parlamento en el que no se ha «parlado» para nada y, en su lugar, tomamos nota de insultos, de mezquindades y, en fin, de mentiras en cadena. Absoluta desolación y barro con el que destruir el edificio democrático.
Y, mientras tanto, desde los grandes púlpitos internacionales, humanos y divinos, cada día se exigía verdad, diálogo y esperanza. Menos mal que los ciudadanos hemos decidido no hacer caso a nuestros hombres mujeres públicos. Pero tampoco se lo hemos hecho saber con la contundencia necesaria. Hemos tragado lo indecible, sin que quienes nos gobiernan se dieran por enterados, mientras nos robaban una riqueza tantas veces fruto de un trabajo agotador, nos daban ejemplos de deshonestidad audiovisual hasta dar asco, y una y otra vez, repetían que lo hacían en nombre de una pretendida «socialdemocracia», que, al final, han demolido hasta hacerla repugnante. Solamente algunos con sentido ético, pero con poco poder objetivo, han comenzado a manifestarse más allá de la desolación impuesta por un grupo que tendrá que acabar por enfrentarse a la justicia más evidente y caerán en desgracia sin poder evitarlo. Tiempo de desolación, porque hemos estado en manos de auténticos «tipos carcelarios», hasta límites nunca imaginados. La ideología ha cedido el paso a la carnalidad más explosiva, como hemos podido contemplar en el rectángulo televisivo. Algunos de sus protagonistas están en la cárcel, pero esos otros que mecen la cama y gritan libertad y cosas parecidas, permanecen en nuestro Parlamento, en un clarísimo insulto para el conjunto de españoles.
Ya no vale escapar al escarnio recordando que «viene el enemigo», escapando a la propia responsabilidad. Ya no vale. Ha llegado el momento de que las vergüenzas aparezcan y de que quienes han provocado este «ejemplo mortal» encajen sus propias vergüenzas, acciones como «acciones subversivas» desde el punto de vista constitucional. Nos han engañado. Nos han perjudicado. Nos han robado la esperanza. Y uno se pregunta, una y otra vez, cuánto tiempo permanecerán en el poder quienes lo utilizan como «contrapoder ignominioso», que nos somete a una desolación incapaz de crear «espacios de fraternidad». Ya no se trata de cuestiones de partidos ni de confrontaciones parlamentarias, en absoluto. Se trata de salir de tanto fango en lugar de descargarlo sobre los demás. Se trata de cargar con lo hecho dicho, sin escapismos.
En fin, estamos ante «la necesaria honradez», y también ante «la necesaria honestidad», que son los dos muros que cobijan nuestra Carta Constitucional. Basta ya de exabruptos en el Parlamento y descarados insultos desde los diversos medios. Es el momento, incluso por las fechas, de parar el carro y preguntarse «a quién beneficia» cuanto sucede. Y quienes han aceptado colaborar en tanta mediocridad y vulgaridad, tener la valentía de «salirse de la ciénaga» y aceptar responsabilidades. Es el momento de que, sin violencia alguna, pero sí desde una verdad doliente, nos hagamos dignos de lo que decimos ser: un país unido para la libertad, para la convivencia, para la igualdad.
El tiempo de los engaños, se ha consumado. Volvamos a la verdad, a la bondad y a la belleza. Seamos decididamente «humanos».
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