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Opinión

Oyen al Rey, pero no lo escuchan

Felipe VI.

Felipe VI. / EFE

El mensaje navideño del Rey registró la mayor cuota de pantalla desde la pandemia, por encima del 65% de los espectadores, y aunque muchos lo consignaron a título de inventario, como si de cualquier otro 24 de diciembre se tratara, el discurso de Felipe VI fue uno de los más relevantes que ha pronunciado hasta el momento, y no solo por los cambios de escenario -el Palacio Real- o formales -por primera vez, lo pronunció de pie-. Frente a un país cada vez más polarizado, puso el acento en la necesidad de preservar la «convivencia democrática» y alertó de la creciente «crisis de confianza en la democracia», germen imprescindible del auge de los «extremismos, radicalismos y populismos». Fue uno de sus discursos más cortos, pero con un mensaje más claro: hay que evitar que el «ruido» político y la «radicalización» sigan ganando espacio. No dirigió los reproches a un destinatario concreto; de hecho, apeló al conjunto de la ciudadanía, pero sus receptores principales no podían ser otros que aquellos en los que recae la responsabilidad de sostener el edificio constitucional, Gobierno y oposición.

Por eso, el contraste entre las palabras del jefe del Estado y la reacción de la clase política resultó aún más elocuente: el Gobierno subrayó el tono «constructivo» y el PP valoró la llamada a la responsabilidad compartida, presentándose como garante de la estabilidad. Ni un ápice de autocrítica, ni de los que levantaron un muro ante la otra mitad de los españoles ni de los que convocaron a manifestarse en la calle bajo el lema «mafia o democracia». Gobierno y oposición coincidieron en elogiar el discurso de Felipe VI, pero también en ignorar su esencia.

Oír, oyeron; asentir, asintieron; aplaudir, aplaudieron; pero escuchar, no, porque hacerlo implica renunciar a una parte del rédito político inmediato que proporciona la bronca permanente. Por eso, unos y otros siguen soslayando a Epicteto: «La naturaleza nos dio dos oídos y una sola boca para que escucháramos el doble de lo que hablamos».

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