Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Tiempos malistas

La crueldad, la brutalidad y el desprecio por el débil y el adversario cotizan al alza en la conversación pública

Donald Trump, este lunes, en su residencia de Mar-a-Lago.

Donald Trump, este lunes, en su residencia de Mar-a-Lago. / AP

«Anoche ocurrió algo muy triste en Hollywood. Rob Reiner, un director de cine y estrella de la comedia atormentado y en dificultades, pero que en su día fue muy talentoso, falleció junto con su esposa, Michele, según se informa, debido a la ira que provocó en los demás por su enorme, inflexible e incurable afección mental conocida como síndrome de desequilibrio de Trump. Era conocido por volver locos a los demás con su obsesión furiosa con el presidente Donald J. Trump, con su evidente paranoia alcanzando nuevos niveles a medida que la administración Trump superaba todos los objetivos y expectativas de grandeza, y con la Edad de Oro de Estados Unidos sobre nosotros, quizás como nunca antes. ¡Que Rob y Michele descansen en paz!».

Este es el tuit con el que Donald Trump reaccionó al asesinato del matrimonio Reiner a manos de su hijo, en un mensaje que mereció la repulsa incluso desde filas republicanas. Rob Reiner, director de Cuando Harry encontró a Sally, era un feroz crítico del trumpismo; su esposa promovía campañas a favor de los refugiados y del control de armas. En la reacción de Trump no hay una palabra de condolencia, ni un gesto de compasión. El mensaje muestra el rostro cruel de Trump: su ego, su vanidad y su rencor sin límites hacia los enemigos. Y para Trump, el enemigo lo es siempre. Incluso muerto. La empatía, en su universo, es una debilidad inaceptable, una muestra de flaqueza.

No fue un episodio aislado. Atacar de forma brutal a sus críticos es marca de la casa. La humillación pública, la crueldad verbal, la ausencia total de compasión forman un ciclo de abuso político y emocional que refuerza la narrativa de fuerza. No es el único, aunque sí el líder más visible de esta estirpe de políticos malistas que por doquier surgen y llegan al poder, o aspiran seriamente a hacerlo. Políticos que exhiben la crueldad y la brutalidad como si fuesen virtudes, que aplican o prometen políticas de castigo colectivo, de vulneración de derechos y persecución del adversario político desde el poder. El malismo de hoy no solo no se esconde, sino que se enorgullece de su propia crueldad. Hace de la desvergüenza una bandera y de la ignorancia un mérito que se celebra en público, como si la cultura o la decencia fuesen sospechosas.

¿Por qué este auge? Durante años, el llamado «buenismo», asociado a la izquierda y al progresismo, defendió lo contrario: corrección política, respeto a las minorías, lenguaje inclusivo, políticas redistributivas, protección del vulnerable. Y, sobre todo, empatía. La capacidad de ponerse en el lugar del otro como base de la acción pública y criterio moral de la convivencia. Hoy, esa palabra cotiza a la baja; el malismo la desprecia porque la percibe como debilidad emocional o sentimentalismo improductivo. En X, Elon Musk ha iniciado una campaña explícita contra la «empatía europea», a la que acusa de estar arrastrando al continente a la decadencia, como si comprender al débil fuera incompatible con prosperar o innovar.

De la misma forma que el individualismo extremo se apropió de la palabra «libertad» para promulgar políticas liberticidas, el malismo se ha apropiado de la libertad de expresión y de la supuesta virtud de «decir las cosas claras». Con esa coartada, ofrece un discurso descarnado en su defensa de la desigualdad, del más fuerte y, en ocasiones, del machismo o del racismo abiertamente expresados. No es sinceridad: es brutalidad sin freno, un estilo de comunicación que confunde grosería con autenticidad. Además de la de «libertad», el malismo también ha secuestrado la idea de la «honradez del hombre común», al que exculpa de toda reflexión ética mientras se burla de la cultura, la ciencia y el conocimiento como elitismos supremacista.

A la empatía no se la mata de golpe. Antes desaparecen o se manipulan otras palabras: igualdad, justicia, bienestar común, sabiduría. Cuando la inteligencia es sustituida por la ocurrencia, y el pensamiento por el eslogan, el deterioro moral va cuesta abajo sin frenos. Cuando el carisma supera al conocimiento como virtud del príncipe de la república, el Estado se vuelve insostenible. El líder deja de ser un servidor ilustrado para convertirse en un influencer de las bajas pasiones. Y no lo dicen solo los detractores de Trump: lo sabemos al menos desde los tiempos de Roma.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents