Opinión | Tribuna
Jaime Martorell-Albaladejo
Cuando el lujo puede ser parte de la solución, no del problema

Turistas en una playa / David Ramos/EP
Vivir en Mallorca es una paradoja. Habitamos una isla de belleza excepcional, admirada en todo el mundo, pero esa misma admiración se ha transformado en presión para quienes la llamamos hogar. Los titulares sobre la crisis de la vivienda, la saturación turística o el encarecimiento del territorio se han vuelto parte de nuestra rutina. En medio de ese ruido, el alquiler vacacional se ha convertido en el enemigo público número uno.
Sin embargo, no todo el alquiler vacacional es igual ni tiene el mismo impacto. No es lo mismo un piso turístico en un barrio saturado que una finca histórica restaurada en el campo. Confundirlos es un error. Lo primero presiona el mercado residencial; lo segundo puede ayudar a conservar patrimonio y a generar empleo rural. Esa diferencia es la que deberíamos debatir con serenidad.
De contar turistas a cuidar el territorio
Durante años, Balears ha medido su éxito turístico en cifras: récord de llegadas, de pernoctaciones, de gasto total. Esa obsesión por la cantidad ha mostrado sus límites. Las infraestructuras, los servicios y el tejido social no pueden crecer al mismo ritmo que el flujo de visitantes. El resultado es evidente: congestión, pérdida de identidad y una vivienda cada vez más inaccesible.
La respuesta no puede ser prohibir por prohibir. Lo que necesitamos es distinguir entre modelos: el que depreda territorio y el que lo cuida; el que especula y el que aporta valor.
El turismo de lujo —entendido no como ostentación, sino como experiencia sostenible y consciente— puede y debe formar parte de esta segunda categoría. Un huésped que elige una finca en el interior, que busca silencio, historia y autenticidad, no genera ni la misma presión urbana ni el mismo impacto ambiental. Ese perfil deja más valor con menos huella.
Cuando el lujo se vuelve responsable
Hay proyectos de alta gama que están contribuyendo a salvar patrimonio. Muchas posesiones agrícolas o casas señoriales han sido restauradas gracias a la inversión privada destinada a convertirlas en alojamientos exclusivos. Cuando esa inversión se hace con respeto al entorno, con empleo local y compromiso ambiental, el resultado es positivo para todos.
El viajero que busca ese tipo de experiencia suele gastar más, pero también con más sentido: consume producto local, contrata servicios de proximidad y repite. Deja un retorno económico, pero también cultural. Es un visitante que entiende el lujo como equilibrio y autenticidad, no como exceso.
Regulación con inteligencia
El mercado necesita control, sin duda. Las licencias, la fiscalidad y el cumplimiento normativo son esenciales para evitar abusos. Pero no es razonable aplicar el mismo criterio a un piso turístico en Palma que a una finca aislada en suelo rústico destinada a estancias familiares de alto nivel.
Prohibir por igual conduce a la ineficacia. Lo necesario es incentivar lo bueno y sancionar lo malo: premiar los proyectos sostenibles, la calidad arquitectónica, el empleo local; y frenar los que degradan el entorno o expulsan al residente.
Regular con inteligencia no significa relajar normas, sino diferenciarlas según el impacto real que tienen sobre el territorio.
Una responsabilidad compartida
Como empresario del sector, sé que tenemos deberes. No basta con ofrecer experiencias de lujo; debemos garantizar que esas experiencias beneficien al conjunto. Eso implica transparencia, colaboración con las administraciones y compromiso con el territorio.
El huésped también tiene su parte. Cada vez más viajeros de alto nivel buscan autenticidad y propósito. Valoran alojarse en una casa con historia, en un entorno cuidado, donde el lujo sea el silencio y el respeto. Mallorca puede y debe liderar ese modelo.
Una isla que se respete a sí misma
El debate sobre el alquiler vacacional se ha polarizado demasiado. Entre quienes quieren prohibirlo todo y quienes quieren liberalizarlo todo hay un espacio sensato que debemos ocupar. Un espacio donde el lujo significa respeto, y donde la prosperidad no se mide solo en cifras.
Mallorca no necesita más turismo; necesita mejor turismo. Y en ese camino, el lujo —entendido como excelencia, conciencia y sostenibilidad— puede ser parte de la solución, no del problema.
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