Opinión | Tribuna
El acoso es cosa de hombres
Como hombres, deberíamos posicionarnos claramente y sin ambages ante el acoso y sus secuelas. Levantarnos de una vez por todas de ese sofá con orejas que es el machismo y su nefasta prepotencia

El acoso es cosa de hombres
Seguramente muchos y muchas de ustedes -los más mayores, al menos- recordarán el nombre de un afamado brandi que se anunciaba con la frase «Es cosa de hombres». Ese anuncio, en su versión gráfica, aparecía, como no, ilustrado con una solícita esposa y ama de casa que en una mano portaba la publicitada copa de coñac, mientras que en la otra llevaba unas zapatillas afelpadas para su marido, repantingado en un sofá y aparentemente exhausto después de una dura jornada de trabajo...
Nunca sabremos lo que acontecía más allá del sofá y las zapatillas, pero no es ni mucho menos descabellado aventurar que, en aquel contexto de machismo rancio e infumable, se diera más de una conducta susceptible de ser calificada de acoso o agresión - física o verbal- hacia la sufrida esposa o compañera de turno. Quiero decir que el acoso no es en absoluto algo novedoso o circunstancial; que se lo pregunten si no a Nevenka Fernández, acosada y humillada hasta la saciedad por el entonces alcalde popular de Ponferrada y que dio pie a un eslogan que ha marcado un hito en la historia del feminismo: «Yo sí te creo», además de una película con el nombre de la acosada en la que se narran fidedignamente los hechos.
Desde entonces, los episodios de acoso se han venido sucediendo casi ininterrumpidamente, conformando ese mapa de la vergüenza cuyas fronteras se han sobrepasado con anónima y repugnante asiduidad. La guinda la han puesto hasta por el momento siete altos cargos ligados al PSOE encabezados por Francisco Salazar, persona próxima al presidente, y que han desatado una crisis sin precedentes en el seno del Gobierno central. Lo más grave, sin duda, es que es precisamente este partido el que ha hecho del feminismo y la lucha por la igualdad una de sus enseñas más emblemáticas; llama pues la atención, como mínimo, que esas conductas se produjeran casi con total impunidad y sin que se tomaran medidas contundentes desde el momento en que se tuvo conocimiento de las mismas, de ahí la más que justificada gravedad de los hechos.
Desde Homes per la Igualtat siempre hemos pensado que el machismo es algo transversal y que no entiende de ideologías. Pero es particularmente preocupante, insistamos en ello, que esas conductas repulsivas se den en el seno de una formación cuya seña de identidad más significativa es el feminismo y los valores que representa. Las medidas que se han tomado hasta ahora para atajarlas se antojan más bien tímidas e insuficientes. En estas cuestiones, si se quiere tener credibilidad, hay que ser tan tajantes como contundentes, no basta con las consabidas declaraciones de condena para salir del paso. Dicho esto, que nadie se rasgue las vestiduras ni se escandalice: el acoso es algo que se da a derecha e izquierda y en todos los ámbitos; lo hemos visto en el mundo de la Cultura, en la Educación, en el Deporte, en la vida cotidiana... Es, tal vez, después de la violencia de género, la más repulsiva y bochornosa de las manifestaciones del machismo.
Pienso que, como hombres, deberíamos posicionarnos claramente y sin ambages ante el acoso y sus secuelas. Levantarnos de una vez por todas de ese sofá con orejas que es el machismo y su nefasta prepotencia, lanzar ese brandi por las alcantarillas de la vergüenza y abrazar de una vez por todas esa premisa a la que tantos hombres aún se resisten y que obedece indistintamente a los nombres de respeto, igualdad y solidaridad con las mujeres, según el caso. Y, sobre todo, no olvidemos nunca que en la gran mayoría de los casos el acoso, como ese brandi de cuyo nombre prefiero no acordarme, es cosa de hombres.
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