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Opinión

Paisajes de ahora

La canción de los nombres olvidados

La canción de los nombres olvidados

En una película más o menos reciente sobre un prodigioso violinista de los años 50 que desaparece de su ciudad y de la vida de los que le conocieron, vi una escena que parecía un cuento de Borges. La película –La canción de los nombres olvidados– no era extraordinaria, pero esa escena sí era muy emocionante. Ahí va: justo antes de su desaparición el músico se pierde –se duerme en el autobús– en un barrio del extrarradio donde en unas casetas de madera viven algunos supervivientes de los campos de exterminio europeos. Lo reconocen como el heredero de uno de los suyos y le preguntan por su apellido. Al responder, el que hace las veces de rabino saca un libro como de cuentas y comienza a leer una cantinela de nombres allí escritos, que son los nombres de los asesinados en aquellos campos. Tarda poco en llegar a su apellido y ahí, entre otros muchos que se apellidan como él, aparecen sus abuelos, sus tías, sus padres y hermanas. Entonces él empieza a llorar, el rabino lo abraza y cuando sale de la caseta decide desaparecer para siempre del mundo que ha conocido. Del mundo que le protegió del mal donde los suyos sucumbieron. El apellido de la familia del músico era Rapaport –nunca antes lo había oído ni leído– y el jueves, en el Washington Post que me manda un amigo, aparecía publicado –a raíz de los tiroteos de Sidney– un artículo del rabino de la comunidad hasídica de Brooklyn, de nombre Alexander. Y de apellido… Rapaport. He recordado la escena borgiana de la lectura de aquella dolorosa lista de apellidos, escrita para no olvidarlos nunca, bajo la luz de las velas y sumergidos en el frío de un invierno de la década de los 50 del pasado siglo.

Mi primer editor acostumbraba a decir que la barbarie empieza con una falta de ortografía y continúa con otra de sintaxis. La idea me parece que le venía de George Steiner y probablemente, a ambos –Steiner y Muchnik, que era el nombre de mi antiguo editor– de su cultura común: la misma del violinista Rapaport y su Canción de los nombres olvidados. Esto –que en su día podía parecer una exageración– hemos visto como se demuestra en la vida cotidiana. Víctor Klemperer –que era filólogo de verdad, no como los que se definen como tales sólo por haber cursado Filología– nos avisó en La Lengua del Tercer Imperio cómo la manipulación de la lengua conlleva la manipulación de la mente y la torsión sobre una sociedad hasta hacerle cambiar sus creencias y su modo de vida. La práctica, con grandes éxitos, la llevaron a cabo en el pasado siglo tanto los nazis como los comunistas. O sea que el lenguaje es un territorio donde se ganan y pierden muchas batallas antes de que sucedan stricto sensu. Hagamos un experimento: en esta época nuestra donde todo es ‘micro’, basta fijarse en la forma de felicitarse, de palabra o por escrito. La tradicional –la que nos arraiga en nuestra cultura– sería Feliz Navidad o Bon Nadal. La aspirante –o tal vez la campeona a estas alturas– sería Felices Fiestas o Bones Festes. Que es una forma de negar la esencialidad de estas fiestas –la esperanza de una vida nueva, por ejemplo, la posibilidad de salvación, por ejemplo– y equipararlas a cualquier otra fiesta laica.

Feliz Navidad –Bon Nadal– o felices fiestas –Bones festes– marcan una línea fronteriza. La negación de la Navidad cristiana como símbolo de la esperanza renovada y la frivolidad de unos días de descanso y juerga. Y esto es así, aunque no percibamos lo que late al fondo de una ú otra fórmula. Se le llamaba vaciar de sentido a las cosas. Leí no sé dónde el otro día que en Castilla La Mancha quieren cambiar el nombre de estos días por el de ‘Fiestas del Primer Trimestre’ o algo así. Pues eso.

Hace pocos años se puso de moda una horrible ristra de papanoeles colgada de balcones, galerías y terrazas de las ciudades españolas. Por suerte esa moda se ha ido amortiguando con el tiempo y ya se ven muchos menos. Aquello parecía la invasión de los ultracuerpos. Uno es partidario del Belén desde siempre –como lo soy de los Reyes Magos– y este año –todos los años alguna novedad– he añadido una aparición estelar, regalo de un amigo que sabe mucho de belenes: el rey Herodes y su guardia personal. Los he colocado en un montículo alejado de la cueva, dominando todo el paisaje, pues esa es la aspiración de todo poder terrenal a costa, sobre todo, de sus ciudadanos. En este paisaje no hay renos, ni campanillas, ni jo, jo, jo que valga, entre otras cosas porque los únicos papanoeles que me gustan son las chicas del conjunto musical que acompaña a Billy Mack, cantando Christmas is all around en Love Actually y comprenderán que ellas no quepan en el Belén. Feliz Navidad a todos y Molts d’anys.

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