Opinión | Tribuna
Jesús no nació en Silicon Valley
Entre pronatalismo, biotecnología y viejas fantasías eugenésicas, el nacimiento deja de ser azar y se convierte en proyecto político y privilegio

La sede de Apple, en Silicon Valley. / NIGEL YOUNG
Imaginen por un instante que Jesús naciera hoy. No en un pesebre, sino en un laboratorio, bajo la luz neutra de fluorescentes, con padres multimillonarios, contratos de confidencialidad y un algoritmo decidiendo cada rasgo: inteligencia, salud, resistencia, apariencia. Los ángeles no cantarían; enviarían notificaciones. Los Reyes Magos no traerían oro, incienso ni mirra, sino informes de riesgo genético y proyecciones de éxito.
La escena parece una exageración, pero no demasiado. Es apenas una versión ligeramente ordenada del mundo en el que ya vivimos: un mundo donde el nacimiento, durante siglos azaroso, frágil y común, empieza a tratarse como un objeto de planificación, optimización y control biotecnológico.
Este proyecto no surge en un vacío cultural ni es una excentricidad futurista. Coincide con un momento histórico marcado por el resurgimiento global de la extrema derecha, la xenofobia y los nacionalismos demográficos, donde se habla con naturalidad de identidad, sangre y «reemplazo» demográfico. En Europa y Estados Unidos, la caída de la natalidad se presenta como una amenaza civilizatoria, a menudo formulada en términos raciales o culturales: «No nacen suficientes de los nuestros». En este contexto, el pronatalismo deja de ser una opción privada y se convierte en un proyecto político que busca disciplinar cuerpos, fronteras y genealogías, estableciendo que tener hijos es un deber social y un mandato moral hacia el Estado o la civilización.
No es casual que este proyecto haya captado la atención de la extrema derecha. En Estados Unidos, figuras como el vicepresidente, J.D. Vance han reclamado abiertamente «más bebés», mientras el propio Trump se ha proclamado «el presidente de la fertilización» y la Casa Blanca ha reflexionado sobre cómo persuadir a las mujeres para que tengan más hijos. Al mismo tiempo, derechos reproductivos que transformaron radicalmente la capacidad de las mujeres de decidir sobre su propio cuerpo —el aborto, la anticoncepción, la información en salud sexual— han sido erosionados o directamente atacados.
Y aquí la biotecnología reproductiva aparece como la cara sofisticada del mismo impulso. La selección genética de embriones se vende como cuidado, prevención y responsabilidad. Pero, como ya ocurrió en el pasado, la obsesión por la pureza no es neutral. La eugenesia no es un invento del siglo XXI: fascismo y nazismo persiguieron la «mejora» de la población mediante esterilizaciones forzosas, mapas raciales y políticas de eliminación de los considerados defectuosos. Como señaló Mary Douglas, las ideas de pureza y contaminación revelan siempre jerarquías sociales: quién pertenece, quién sobra, qué vidas cuentan.
Hoy la eugenesia regresa de forma voluntaria, privada y elegante. Bajo una estética futurista, Silicon Valley reactiva viejas actitudes victorianas sobre poblaciones merecedoras e indignas, lo deseable y lo indeseable. Startups como Orchid convierten la concepción en un ejercicio de cálculo: no solo se seleccionan embriones «sanos», se proyectan predisposiciones intelectuales, físicas e incluso de carácter. Cada decisión genética es también una decisión política y cultural: qué capacidades se valoran, qué riesgos se consideran aceptables, qué formas de vida quedan fuera del ideal.
La diferencia con la eugenesia del siglo XX no es moral, sino tecnológica. La coerción se sustituye por mercado, la violencia por capital, la pureza racial por jerarquías genéticas de élite. Pero la lógica persiste: decidir quién merece ventaja incluso antes del primer llanto. Bajo la retórica de la prevención se consolida un desplazamiento ético profundo. La biotecnología eugenésica no solo cuida: clasifica, jerarquiza y naturaliza la desigualdad. El derecho a nacer sano se desliza, casi sin resistencia, hacia el privilegio de nacer superior.
Resulta difícil oponerse al deseo de evitar el sufrimiento de las personas que aún no han nacido y de reducir la probabilidad de enfermedades graves. El problema aparece cuando la salud se convierte en un criterio normativo de acceso a la existencia: cuando ya no se trata de proteger vidas vulnerables, sino de decidir cuáles son aceptables y cuáles descartables. Además, existen enfermedades mentales —como la esquizofrenia— que no responden a destinos genéticos claros, sino a probabilidades estadísticas influenciadas por contextos sociales, ambientales y afectivos.
Y, sin embargo, la vida siempre introduce fisuras. Un fallo de software, un deseo imprevisto, una emoción que no estaba en el cálculo. Los niños diseñados pueden aburrirse de su propia excelencia, enfermar de melancolía o rebelarse contra la arquitectura genética que los precede. La perfección no es estable. Allí donde el algoritmo predice, la biología improvisa. Cada anomalía, cada error, se convierte en un recordatorio incómodo: la vulnerabilidad no es un defecto a corregir, sino una condición constitutiva de lo humano.
En medio de laboratorios, políticas pronatalistas y discursos de futuro, persiste una verdad antigua: el control absoluto es una fantasía peligrosa. La vida no es un producto cerrado ni un deber patriótico; es un acontecimiento imprevisible. Y quizá el verdadero regalo del nacimiento —aquello que ninguna ideología ni tecnología puede garantizar— siga siendo lo inesperado: la vida que se impone a los planes, la sorpresa que desbarata los algoritmos, la imperfección que nadie puede comprar. Por eso Jesús no nació en Silicon Valley.
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