Opinión | Tribuna
De «Zorra» a «Charo»: la incoherencia cultural del insulto

Nebulossa interpreta 'Zorra' en el Benidorm Fest. / EP
El Ministerio de Igualdad ha lanzado una campaña para «combatir» el uso de Charo, ese término nacido en redes para ridiculizar a mujeres feministas de cierta edad. Otra batalla simbólica sobre el lenguaje que vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿es este realmente el mejor uso del dinero público?
Que existan insultos dirigidos a las mujeres —Charo, Karen, feminazi— es evidente y desagradable. Me cuesta entender que la respuesta institucional pase por financiar campañas en lugar de abordar necesidades materiales que sí mejorarían la vida de las mujeres. Y cuesta aún más por la llamativa incoherencia con la que el propio discurso oficial trata los insultos según convenga al clima cultural.
No hace tanto, España celebraba en Eurovisión una canción cuyo estribillo repetía zorra con entusiasmo coreográfico. Se nos dijo que era «empoderante», que reapropiar el insulto era liberador, que cuestionarlo revelaba rigidez ideológica. Algunas figuras públicas de enorme proyección —«de cuyo nombre no quiero acordarme·», que diría Cervantes— defendieron con vehemencia que zorra debía asumirse como un grito emancipador. Mientras tanto, muchas mujeres observábamos perplejas cómo un insulto de siempre se convertía, por obra de tendencia y algoritmo, en la bandera progresista de la temporada.
Conviene recordar además que Charo es, sencillamente, un nombre propio. No arrastra una historia de violencia machista, no aparece en sentencias ni en las noticias al respecto. Hasta donde sabemos, ningún hombre ha agredido jamás a su pareja gritándole «¡Charo!». Y, sin embargo, el Ministerio ha decidido situarlo casi a la altura de un término estructuralmente misógino. Me resulta difícil comprender por qué se invierte esfuerzo político en combatir un «insulto» cuya gravedad simbólica es, como mínimo, discutible.
La contradicción es evidente. ¿Cómo puede un país asumir sin pestañear la promoción masiva de un insulto en horario estelar y, poco tiempo después, destinar fondos públicos a una campaña para censurar otro? ¿En qué momento pasamos de celebrar el uso provocador de ciertas palabras a perseguir otras como si fueran una amenaza social?
Esta inconsistencia revela algo más profundo: la tendencia institucional a gestionar símbolos en lugar de políticas. Luchar contra la misoginia no debería reducirse a decidir qué insultos se reetiquetan como liberadores y cuáles merecen campañas. Especialmente cuando los problemas reales siguen ahí: la brecha salarial, la precariedad que afecta desproporcionadamente a las mujeres, la conciliación, la violencia que condiciona vidas enteras.
Parte de la exaltación de zorra provino de sectores donde los términos femeninos como burla forman parte de un código interno. En ciertos ambientes dominados por varones —también dentro del colectivo LGTBIQ+— el insulto femenino es casi un ritual estético que, pese a su brillo irónico, reproduce una misoginia que no desaparece por envolverse en purpurina. Y, aun así, esa estética se celebró como empoderamiento mientras se exige vigilancia sobre Charo.
No se trata de defender insultos ni de demonizar campañas, sino de exigir coherencia. De dejar de confundir la dignidad de las mujeres con la gestión mediática del lenguaje. De entender que la igualdad real no se construye con eslóganes ni con batallas culturales efímeras.
Si el Ministerio quiere combatir la misoginia, campo hay de sobra. Pero difícilmente podemos considerar esta campaña una iniciativa seria, cuando la propia institución oscila entre la frivolidad y el puritanismo lingüístico sin un criterio claro, más pendiente del impacto mediático que del impacto real.
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