Opinión
Juan Carlos I se define como «marginado»
El Rey en el exilio intenta conmover a sus compatriotas en la autobiografía por persona interpuesta de título ‘Reconciliación’, pero solo consigue dar pena en el sentido equivocado

Juan Carlos I.
Reconciliación se inaugura con un centenar de páginas vibrantes. El lector disfruta de imaginar hasta dónde llegará la denigración de Letizia Ortiz, culpada por el presunto autor Juan Carlos I de todas las calamidades que se abaten sobre su persona y sobre el país entero. En esta versión castiza de Succession, se quiere convencer al lector de que el verdadero malo es Felipe VI, igual que se afirmaba del galante Felipe González frente al ácido Alfonso Guerra. No cuela, pero la efervescencia es incontestable. Por desgracia, al volumen le pesan demasiado las cuatrocientas páginas restantes, el enésimo libro que la amanuense Laurence Debray ha compuesto sobre el penúltimo Jefe de Estado español.
Juan Carlos I quiere pasar por «marginado», y el capítulo con este encabezamiento se abre relatando que «llegué con dos maletas al hotel Four Seasons, en pleno centro de Abu Dabi, con la única compañía de mi fiel mayordomo». Es el primer «sin techo» que se instala junto a su palafrenero en un establecimiento donde no se pasa más allá del lobby sin abonar miles de euros por persona y noche. Eso sí, en su escaso par de valijas cabe menos equipaje que en un carrito de supermercado.
Además, el Four Seasons de Abu Dabi acabaría siendo su residencia más modesta en el emirato. Y su primer retorno a España lo depositó en Sanxenxo a bordo de un jet privado, para irritación de nuevo de Felipe VI, según se encarga de constatar el pleiteo incesante de Reconciliación. La carroza aérea está al alcance de pocos marginados, y supone el núcleo de la contradicción del libro, porque en ninguna página se afirma que «he vivido como un Rey».
Al contrario, se destaca la indignidad de un monarca que carece de la titularidad de un solo palacio, por contraste con las inmensas posesiones de su prima Lilibeth, que es Isabel II de Inglaterra mediante la misma compresión marginal que abrevia a Sofía de Grecia en Sofi. Es otra forma de robarle protagonismo, aparte del insistente reproche de que su sufrida esposa no ha querido compartir sus desdichas de marginado en el Golfo.
El Rey en el exilio intenta conmover a sus compatriotas en esta autobiografía por persona interpuesta, pero solo consigue dar pena por las razones equivocadas. Suerte que a los hispanos les ciega la pasión, porque en otro caso despedirían el libro con algo muy parecido al rubor. El resentido o ‘Reysentido’ de Reconciliación demuestra que es un milagro que la transición triunfara, o que como mínimo funcionara. A cambio, luce Juan Carlos I una capacidad de decisión que algunos calificarían de temeridad, con el hándicap de que el libro no recoge opiniones ajenas sobre sus gestiones.
Las ausencias son la clave de Reconciliación, un libro expurgado. Difícilmente puede hablarse de una historia creíble, cuando se elimina a Sabino Fernández Campo del índice onomástico. Solo se menciona al jefe más significado y miembro más longevo de la Casa del Rey por su papel clave durante el 23F, porque esta actuación blinda la opción democrática del presunto autor del libro en tan significada fecha. A cambio, el repaso a los tres golpes de Estado en uno confirma que buena parte de los capitanes generales eran favorables al putsch.
Tal vez porque la relación exhaustiva de amoríos de Juan Carlos I daría para otro tomo de quinientas páginas, el monarca acepta sus «debilidades» pero solo las concreta en una persona. Se trata de la simpar Corinna, otra abreviatura. Muy fuerte debió ser el vínculo entre ambos, pues se refiere a la pseudoaristócrata despectivamente y negándole la identificación. De las penurias económicas, fiscales y judiciales correspondientes, al libro solo llega el alivio de que la inviolabilidad extendió su manto protector a todas las acciones emprendidas contra el Rey Emérito. Por cierto, el «marginado» también reniega de esta asignación jubilar.
La concentración en Corinna y sus exacciones económicas no debe ocultar que de Reconciliación ha desaparecido la mínima mención a Marta Gayá, donde la dilatada relación era conocida y comentada por la reina Sofía. La mallorquina pierde así cualquier expectativa de reconocimiento futuro. Podría hablarse de discreción, pero no se entiende en tal caso la descripción con pelos y señales del noviazgo con María Gabriela de Saboya, otra visitante ocasional del yate Fortuna durante los veraneos mediterráneos. A propósito, Juan Carlos I se sentía mejor marginado en Marivent que en la Zarzuela, de acuerdo con la valoración que efectúa de ambos palacios.
Tal vez el fatalismo que comparte con sus admirados jeques árabes sea la principal virtud de Juan Carlos I como estadista. Y dado que la muerte es el capítulo más importante en la biografía de una testa coronada, el primer Rey de la restauración monárquica envidia los funerales de Isabel II. Sin embargo, teme que le aguarda el entierro de Constantino, su cuñado y compañero de correrías, que fue despojado incluso de la nacionalidad griega. Y para quienes deseen leer un relato magistral de la marginación de un jefe de Estado, en El diario de un prisionero ha recogido Nicolas Sarkozy sus tres semanas de encarcelamiento en la Santé parisina. Imprescindible.
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