Opinión | La suerte de besar
La contundencia no es suficiente

El exsecretario de Investigación y Análisis del PSOE, Francisco Salazar Rodríguez, a la izquierda. / Rodrigo Jimenez / EFE
Mi primer novio alquiló un apartamento dentro de una casa de campo. Los propietarios, un matrimonio de 80 años, mantenían los bajos como almacén para las almendras, algarrobas y aceitunas que recolectaban en función de la temporalidad. Yo pasaba tiempo hablando con ellos. De los nietos, de la agricultura, de la familia. El señor se entretenía contándome batallitas de juventud y compartiendo recetas. Le consideré un buen hombre hasta que un día, mientras charlábamos en la escalera exterior, me agarró por los brazos y trató de darme un beso. Le di un empujón, le chillé alguna barbaridad y deseé romperle los incisivos. Él, tapándose la cara, se fue y me rogó que no se lo dijera a nadie. Yo tenía 20 años y me fui directa a vomitar.
En los últimos meses, al menos seis políticos del PSOE han dimitido, han sido apartados o suspendidos de sus funciones y el partido les ha abierto expedientes informativos por casos de supuesto acoso sexual a compañeras de organización y de trabajo. Algunas de estas situaciones se conocían desde hacía tiempo y se escondieron en un cajón. Se protegió a los presuntos delincuentes y las damnificadas quedaron desamparadas y silenciadas. Nada nuevo bajo el sol. Lo vimos con la concejala del PP Nevenka Fernández, en el seno de la Iglesia, en Podemos y el PSOE, cómo no, tampoco ha sido inmune a la pandemia. Hace unos días, el presidente de este país ha asegurado que actuará con "contundencia" para atajar los escándalos y que su Gobierno está hecho a prueba de bombas. Espera que acabe de bostezar. Me parece que no se comprende el calado de la decepción. Las políticas feministas y la tolerancia cero hacia cualquier vulneración de los derechos de las mujeres han sido siempre un puntal de las políticas progresistas. Hacen bandera de ello. Sánchez da una respuesta tibia que favorece que el tsunami del descrédito avance sin piedad.
Cada vez que leo algo sobre Francisco Salazar, Antonio Navarro, José Tomé, Javier Izquierdo o Francisco Luis Fernández Rodríguez siento tres cosas: repugnancia, impotencia e incredulidad. La primera es evidente. La segunda porque es frustrante que la historia y sus personajes de víctima, verdugo y cómplice encubridor se repitan una y otra vez. La tercera surge porque pienso que esos machos están disociados y viven realidades paralelas. No comprendo cómo alguien, con mínima inteligencia, puede creer que preguntarle a una mujer si echa de menos una "buena comida de almeja" es un comentario atractivo (Fernández Rodríguez presuntamente dixit). Me pregunto qué patología provoca que Antonio Navarro considere sexi o adecuado suspirar por "ese escote" o decir "no me esquives, que te quiero meter ficha". Y ¿en qué cabeza cabe que simular actos sexuales, como subirse la bragueta o fingir felaciones, son conductas que van a encender el frenesí de una compañera de trabajo? Al parecer, Francisco Salazar pensaba que sí y, por si eso no fuera ya suficiente despropósito, también hacía comentarios obscenos sobre vestimentas e invitaba a pasar la noche en su casa. Por cierto, ¿cómo pudo imaginar aquel hombre octogenario que una chica de 20 años podría llegar a tener ganas de besar sus labios añosos?
Convivir con problemas es ley de vida. La manera de solventarlos es lo que nos convierte en campeones, mediocres o patéticos.
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