Opinión | En aquel tiempo
Entre la ira y la compasión

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / EP
Seguramente, estas letras son las últimas que escribo antes de Navidad. Me hubiera gustado comentar algo al respecto, precisamente porque este dolorido planeta necesita esa esperanza de la que tanto se habla y se desea, pero apenas cultivamos. Y la aparición de Jesucristo en la vida humana es un chute de una esperanza inquebrantable. Pero resulta que no puedo evitar cerrar este maldito año sin dedicarle estas líneas a nuestro hombre en el desguace español, porque lo ha provocado solamente él, y claro está, dándose la mano con cada uno de sus colaboradores, sobre todo de los nacionalistas catalanes y vascos, y otros aprovechados. No puedo evitarlo, y el hecho mismo de tener que hacerlo me llena de ira y de compasión. Un mal trago que me permito casi como una necesidad histórica. Porque se trata de celebrar con toda evidencia el final de un sueño prepotente, narcisista y para colmo insensible a las urgencias españolas. Señor Presidente, se trata de Usted, de lo peor que he conocido en la presidencia de este país que nunca lo mereció. Esta es la desgraciada verdad. Vamos allá.
Ha sido Ud. un caso patológico de prepotencia, sobre todo desde que acuñó aquello del «muro», que solamente consiguió dividir España en dos partes irreconciliables, con sabor a confrontación nunca olvidada. El desprecio al adversario ha sido espectacular, de tal manera que ha acabado por utilizar a la derecha y a la ultraderecha como armas de destrucción masivas para trasladarles sus propios errores y mezquindades. En opinión de muchos, debe de perderse en alguna patología personal que necesitaba tratamiento, pero que seguramente no ha aceptado: para tratar una enfermedad hay que ser consciente de que está enfermo. La prepotencia, que le ha llevado al descaro absoluto, ha podido con Ud. Los demás no éramos adversarios porque éramos inoportunos enemigos que había que eliminar. No escuchó a Maquiavelo cuando escribe sobre la caducidad del poder y de los poderosos. Es esa prepotencia la que provoca ira, muy consciente de que no es precisamente una actitud cristiana. Por ejemplo, mi Dios ha dejado la ira al hacerse hombre en Navidad. Es evidente que no soy como Él en este momento respecto a Ud. Y lo lamento.
Pero probablemente la prepotencia le ha impedido descubrir a colaboradores de un cierto nivel, con escasas excepciones: quienes le han ayudado a montar la trama de su estructura gubernamental resulta que se ha descubierto su mezquindad, su juego sucio, que llevaron a cabo porque Ud. lo permitió. Y si insiste en que no cayó en la cuenta, mucho peor. Pero claro, eran sus colaboradores en su deseo incontrolado de hacer de España algo tan manejable que necesitaba despedazarse. Y una vez despedazado, siempre lo he pensado, organizar el salto hasta una estructura republicana. Se ha notado desde siempre cómo le ha molestado el Rey y nada digamos de la monarquía. Por la sencilla razón de que significaba que sobre Ud. estaba a otro, esmerado cumplidor de nuestra Constitución. En todo esta repugnante proceso ha encontrado colaboradores eximios, como los recientes descubrimientos han demostrado para vergüenza de todos… y de todas. Porque la mala política ha cedido el paso a una repugnante amoralidad. Esos hombres y mujeres le han apoyado en este camino hacia el desastre, y son tan responsables como Ud. Me cuesta escribirlo, pero es verdad. Por supuesto, algunos más que otros.
Y sin embargo, tal puede ser mi talante creyente, experimento una profunda compasión por Ud. y por cuantos le han apoyado. Su deriva solamente le ha conducido a este final de trayecto humillante y malísimo para España, al margen de sus colegas europeos y pretendiente descarado a nuevas amistades poco asumibles. Todo este proceso, tan poco respetable, lo vivo con una tristeza enorme porque significa su derrota como político y como persona, y nunca me gustan tales experiencias en nadie. Si bien, la vida nos acaba colocándonos en el sitio que merecemos. Ud. lo sabe perfectamente. Dicho de otra manera, este himno a su prepotencia solamente le ha conducido al descubrimiento de un subterráneo escandaloso en quienes eran sus colaboradores íntimos. Uno no desea caer en moralismos a ultranza, pero la ausencia de moral demostrada es de libro, con especial referencia al trato de la mujer. Es de una tristeza humana y política imposible de controlar.
Por todo esto, comprendo que esté Ud. deprimido, que se avergüence de aparecer en público junto a sus colegas europeos, que físicamente parezca a otra persona. Entre una ira contenida y una compasión razonable, me permito decirle: déjennos en paz y organice su retirada con un mínimo de dignidad. No permita que la Socialdemocracia se hunda por completo en España. En estas fechas, le pido a mi Dios que le conceda la fortaleza de asumir su situación y la valentía de sacar las consecuencias evidentes. Con mi disgusto por tener que escribir estas letras precisamente cuando la Navidad apunta.
Lo escribo, insisto, con cierta ira y no menos compasión.
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