Opinión | Las cuentas de la vida
Un país atrapado
Cuando la política se vuelve reactiva, el debate público pierde su capacidad de ordenar las prioridades

Pedro Sánchez. / EFE
Las crisis se producen en estos momentos a diferentes escalas: lo macro y lo micro se entrecruzan sin tregua y no hay IA capaz de proporcionar un diagnóstico fiable. Mark Rutte, Secretario General de la OTAN, auguró la semana pasada un conflicto militar con Rusia de proporciones sólo conocidas por nuestros padres y abuelos. Es un pronóstico que ha pasado inadvertido entre nosotros, conmocionados ante los estertores de un sanchismo asediado por la corrupción. Se habla, en los aledaños del poder, de una operación interna del PSOE para destituir a Sánchez y relanzar al partido con una figura femenina al frente. Dicen también que se prepara una resistencia numantina en la Moncloa, lo cual se aviene con la psicología del presidente. Esperen, por tanto, movimientos sorprendentes en los próximos días y semanas; quizás elevando la apuesta hacia arriba.
Las crisis se superponen, aunque también se adivina una fatiga general en nuestro país. La corrupción indigna a los votantes, pero genera más escepticismo que esperanza. Desde ese punto de vista, el giro cínico resulta casi inevitable. ¿Cuáles son las alternativas? ¿Qué pueden ofrecernos? Los distintos populismos juegan al refuerzo identitario de unas ideologías enfrentadas. Se demoniza al adversario hasta convertirlo en enemigo; las redes sociales distorsionan el debate público, a menudo faltando a la verdad bajo el disfraz de un humor grosero o de una exageración insultante. Pero los problemas de fondo persisten y el cultivo del rencor no los va a solucionar.
El escollo principal es que el malestar actúa como caldo de cultivo para todas las crisis. Un malestar que surge de la creciente fractura socioeconómica y que no hace sino empeorar de año en año. El crecimiento del PIB se traduce paradójicamente en una mayor pobreza social, alentando la ruptura de clases entre propietarios de activos y no propietarios. El problema, por supuesto, no es la propiedad, sino la dificultad para acceder a ella. Los precios disparados, los salarios insuficientes, el trabajo precario, una excesiva burocratización, las políticas públicas de bienestar en continuo deterioro, los impuestos al alza y el ahorro a la baja: todo ello son las señales de un colapso que amenaza muy especialmente a los jóvenes. El malestar económico genera miedo e inquietud, y nos lleva a preguntarnos qué será de nuestros hijos; cómo enfrentarán la imposibilidad de comprar una vivienda, de labrarse un futuro en familia; cómo navegarán en medio de los cambios sísmicos asociados a la globalización y a la tecnología. No hablamos de guerra porque la guerra es lo impensable, por más que la tengamos ya cerca de nuestras fronteras.
La superposición de crisis sistemáticas conduce a la parálisis o a la huida hacia delante. Nuestros representantes, en lugar de priorizar el acceso a la vivienda, prefieren seguir alimentando el espectáculo. Ante la dicotomía entre pan y circo, se han quedado con el segundo y se ha priorizado el voto a corto plazo por encima de la responsabilidad intergeneracional. La calidad educativa desciende, se deteriora la sanidad pública, el precio de la cesta de la compra se dispara, envejece el parque automovilístico, el invierno demográfico ha llegado ya sin los deberes hechos, y la inmigración masiva suscita nuevos interrogantes. Hemos entrado en una lógica inercial en la que la política se ha vuelto reactiva y la sociedad se ha acostumbrado a un deterioro creciente sin saber cómo responder ni qué hacer. Y, cuando eso ocurre, se acaba estrechando el horizonte.
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