Opinión
¿Y la otra moción de censura?

Pedro Sánchez, y su esposa, Begoña Gómez. / EFE
Todos los partidos que están -o estaban- en el acuerdo de la investidura parten de dos parámetros que determinan su estrategia: uno, que la dimensión de los escándalos de corrupción que asedian a Pedro Sánchezes insostenible y les puede arrastrar; el otro, que aun así no hay una salida posible, dado que nadie puede tragarse el sapo de una moción de censura con Vox. En consecuencia, la ecuación que plantean es binaria: o ir a elecciones, y perder hasta la camisa; o resistir en la Moncloa, a pesar del hedor que emana de sus alcantarillas.
Esta es, sí o sí, la letanía que repiten desde Sumar hasta Podemos, desde ERC hasta Bildu y desde el PNV hasta Junts: no pueden forzar la caída del Gobierno porque no quieren ser los facilitadores de un Gobierno PP-Vox. Es cierto que Junts ha sido el partido que más ha tensado la cuerda con una ruptura que ha dificultado mucho el margen de maniobra de Pedro Sánchez. Pero, incluso en este caso, la decisión no suma en la caída del Gobierno, porque tampoco suma en favor de una moción. Ergo, la ruptura de Junts tiene un valor político indiscutible, pero a la vez es inútil en términos prácticos.
Ni con Sánchez ni contra Sánchez, repiten unos y otros mientras corren en la rueda del hámster, e incapaces de asumir decisiones que cambien el rumbo de los acontecimientos, dejan el panorama político en estado catatónico. Mientras tanto, las detenciones de los círculos más íntimos del poder caen en barrena y los escándalos aumentan a medida que se conocen las relaciones espurias, las redes de corrupción, el uso fraudulento de las instituciones públicas y un baile de cifras de la presunta corrupción que sería indecentemente astronómico. Con los Ábalos, los Cerdán, las Leires, las SEPI y el resto de las cloacas ya no sirve el argumento del lawfare, que podía tener cierto éxito con el caso Begoña o el del fiscal general. Solo faltaba que empezara a aflorar el pus de Venezuela para entender que la infección es tan masiva que puede ser el escándalo de corrupción más grande desde la transición. «Es un Gürtel al cuadrado», dicen los connaisseurs de la cosa, y avisan que esto solo ha empezado. Y todo ello, sin contar la asquerosa plaga de machos del socialismo feminista y la bragueta floja que aparecen bajo las piedras.
Con esta situación tan inadmisible, aceptar el comportamiento de Pedro Sánchez, haciendo ver que todo esto no va con él, que no pasa nada, que no son los suyos, que ya se sabe, las manzanas podridas..., es una vergüenza mayúscula. Es tal el despropósito de amigos del primer círculo que están bajo sospecha de una corrupción masiva y sistémica que es inaceptable que el presidente del Gobierno, el hombre que los ha colocado, los ha mantenido y les ha dado la llave del poder, haga ahora ver que no sabía nada. Todos «desconocidos», dice el manual de resistencia de Sánchez, en un proceso que, si no va con cuidado, le llevará a no conocer ni a su mujer. Que, en esta situación, Sánchez haga como quien oye llover es una burla a la ciudadanía, una bomba de tiempo para los militantes de su partido y un descrédito monumental de la política. Sánchez se tiene que ir. Ya no hay ninguna justificación para mantenerse en el cargo.
La cuestión es cómo, se preguntan los que defienden la ecuación del inicio del artículo: elecciones o resistencia, pero en ningún caso moción PP-Vox. Respuesta posible: forzar una auto-moción de censura, es decir, una moción de censura con un candidato del PSOE que esté fuera del pudridero. De este modo conseguirían evitar elecciones, mantener el Gobierno, y asumir las responsabilidades que el escándalo exige. ¿Por qué Junts, que son quienes dicen que quieren romper, no reta a Sánchez a una moción de esta naturaleza? ¿O por qué no lo pide alguno de los que más refunfuñan, como Yolanda o Junqueras, que hablan mucho de regeneración y se muestran escandalizados, pero no hacen nada de nada? O tal vez el propio Sánchez, que haría un favor a su partido si asumiera las responsabilidades que le corresponden. Al final, si se hiciera una moción de esta naturaleza, ya no habría «miedo» a Vox, ni ninguno de los argumentos que usan como excusa para no levantar el trasero de la poltrona. El escándalo es indecente y la situación es insostenible, lo demás es retórica.
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