Opinión
Los héroes de Bondi

La turística playa de Bondi, en Sídney. / EP
Volví estos días a pensar en una plaza muy pequeña pero icónica de Londres, Postman’s Park, se llama. En uno de sus laterales, se levanta un muro que reúne placas que honran a personas anónimas que dieron su vida para salvar a otro: rescates de edificios en llamas, salvamentos de posibles ahogamientos, de atropellos. Los héroes no siempre eran bomberos o socorristas, también había muchas personas que estaban en el lugar de un accidente y decidieron actuar poniendo la vida de los otros por delante de la suya. No ha muerto Ahmed Al Ahmed, el frutero más conocido a estas alturas tras su intervención valiente durante el tiroteo de la playa de Bondi, en Sídney, Australia, pero su nombre y sobre todo el momento en que una cámara le registró cuando lograba neutralizar a un homicida en pleno caos. Se abalanzó sobre el tirador, le arrebató el fusil, y hasta le apuntó a la espera de que llegaran refuerzos. No disparó contra el asesino, y recibió en cambio dos balas en el hombro del otro tirador. Actuó «por conciencia», han contado sus familiares desde el hospital donde se recupera de sus heridas.
La playa de Bondi es un icono de la cultura australiana, y una masacre en el verano luminoso de la ciudad, apagando las velas de la fiesta con la que la comunidad judía quería celebrar su Janucá, es un atentado terrorista que ataca a lo más parecido a una representación del Bien en nuestra sociedad. Familias descansando, ocio, buenos deseos, naturaleza en su esplendor. «Australia es un hombre en camiseta blanca [la ropa que llevaba Ahmed Al Ahmed al reducir al asaltante] y no un terrorista con un arma», rezaba ayer una de las columnas de opinión más emotivas de la prensa australiana.
La playa de Bondi ha sido emblema de la solidaridad y la lucha contra el odio los últimos meses, agitados por la guerra de Gaza y por el antisemitismo, pero mucho antes también, en defensa de los derechos de la comunidad LGTBI. Un memorial permanente contra la homofobia y transfobia se levanta en la zona, y la costa de Sídney está considerada un santuario de duelo, reparación y prevención contra la discriminación sexual y un lugar también de recuerdo de las víctimas del Holocausto: Australia está considerado el segundo país del mundo que suma más supervivientes del nazismo.
Por eso la masacre de Bondi, con 15 personas asesinadas y decenas de heridos de distinta gravedad, no es solo una llamarada de terror. También lo es de resiliencia y de bondad: la de las personas que no filmó ninguna cámara pero que protegieron con su cuerpo a niños asustados. La de los surferos que usaron sus tablas de forma improvisada para transportar heridos cuando no llegaban camillas y aún silbaban las balas. La de quienes ayudaron a gente mayor asustada a abandonar la escena del tiroteo en plena confusión. También la de quienes reclamarán ahora con más fuerza un endurecimiento de la ley contra la posesión de armas de fuego. Fue otra matanza, la de Port Arthur en 1996, que se llevó 35 vidas, la que ha mantenido el país relativamente libre de tiroteos masivos hasta ahora. Bondi debe ser ahora la llama de un cambio más profundo.
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