Opinión
Un golpe a cámara lenta

Encuentro del presidente ruso Vladimir Putin (D) y el presidente de EE.UU. Donald J. Trump (I) / EFE
Va terminando este 2025 que, globalmente, nos ha llevado un paso más cerca del abismo y pronto hará un año que Donald Trump fue investido presidente de Estados Unidos. ¿Un año tan solo? Parece mucho más. Todo va muy rápido y a la vez muy despacio, y mi sensación es que EEUU vive un golpe de Estado a cámara lenta. El bombardeo diario de noticias difumina la realidad. La estrategia de Trump es la contraria a los demás líderes totalitarios: Putin o Xi Jinping hablan poco, Trump no calla. Cada día abre nuevos frentes, firma decretos ley, presenta demandas millonarias, critica, miente, prohíbe, se sirve del Estado para sus revanchas personales, insulta a los periodistas que no le son afines.
Aunque actúe como un sátrapa y un fanfarrón ignorante, aunque el ICE ejecute detenciones de inmigración arbitrariamente y saltándose la ley, su política no es fascista, ni nazi. He aquí el problema: desde el corazón de la democracia constitucional, ha iniciado una lenta destrucción de esa democracia, como un cáncer interno que lo va royendo todo. No hay tregua y los periodistas que quieren denunciarlo no dan abasto. Muchos frentes abiertos. Sus rivales del Partido Demócrata siguen aturdidos, incapaces de romper una jerarquía interna demasiado conservadora, donde los que proponen ideas progresistas son acusados por Trump de comunistas, al borde del terrorismo. Todo el mundo sabe que es caprichoso y con un grave déficit de atención, pero sus esbirros del Partido Republicano no abren la boca por miedo a represalias y aguantan: saben que, a la larga, este servilismo quizás se traduzca en dinero, porque para Trump la política es negocio.
Le quedan tres años en el poder. Mientras no llega el momento en que intente cambiar la Constitución para buscar un tercer mandato, veremos si las tres grietas que le amenazan se agrandan: las listas de Epstein, un lodazal que no sabe cómo hacer desaparecer; los síntomas cada vez más evidentes de senilidad y posible demencia, y la elección reciente de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York: una actitud y un cambio de paradigma que le desarma porque no los entiende, un atisbo de esperanza para 2026.
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