Opinión | Desde el siglo XX
Las campanas doblan por el muerto que se resiste a ser sepultado
Los últimos en embestir han sido los obispos, inesperado consuelo para las tribulaciones que afligen a Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / EP
Es cierto que las campanas doblan insistentemente a difunto; lo vienen haciendo por Pedro Sánchez desde que en 2017 desalojó a Mariano Rajoy mediante constitucional moción de censura. Más que a muerto doblan a arrebato. Ocurre que el muerto se resiste como gato panza arriba a dejarse sepultar, y así parece que podemos llegar hasta la primavera de 2027, al concluir la legislatura su ciclo natural. Veremos. El parte sobre la salud política del Gobierno es el de encefalograma plano; sorprendentemente los hay empeñados en insuflarle un último hálito de vida. De qué sino lo obispos cargan con todo contra Sánchez. El presidente de la Conferencia Episcopal, el muy untuoso arzobispo Argüello, hace farisaica profesión de fe el domingo en La Vanguardia afirmando que hay que presentar moción de censura o ir a elecciones. Los obispos en el barro, que es lo que les pone. Y el belicoso arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, conocido por su desaforada islamofobia, entre otras querencias nacional católicas, se echa al monte afirmando que el Gobierno es el de «las saunas y prostíbulos», sentenciando «están acabados».
En Mallorca, pechamos con otras desmesuras. Citemos la del ex general Fulgencio Coll, que presenta en el ayuntamiento de Palma moción para declarar persona non grata a Pedro Sánchez. Dice el jubilado forzoso por Vox que la degradación española se inició con Zapatero. Pero Coll, fue con él que fuiste nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército y primer jefe de la Unidad militar de Emergencias (UME). Desbarras, y consigues que el PP de Cort haga llamativo ridículo al hacer suya la atrabiliaria moción. Llega más lejos todavía el vicepresidente del Gobierno balear, Antoni Costa, al cacarear que Sánchez «se merece todavía más». Entonces, ¿qué merece Costa por haber protegido, contratado para dirigir una empresa publica, a un agresor sexual confeso? Al menos la contrita dimisión por la tropelía cometida. Los ausentes de ética son los que alardean de ella siempre a deshoras. La presidenta Prohens no convoca elecciones, después de amenazar en vano con hacerlo, por carecer de presupuestos, al igual que en Extremadura y Aragón, comunidades en las que sí hay adelanto electoral. Será que la inane Prohens tiembla ante Vox; Guardiola y Azcón exhiben temple.
Vayamos a lo esencial, al velatorio del difunto. La comparecencia del presidente Sánchez el lunes constituyó depurada representación de cinismo y la no excluyente constatación de que el aforismo de los clásicos sigue en plena vigencia: los dioses ciegan a los que quieren perder. ¿Qué pretende Pedro Sánchez aguantando en situación de siniestro total? Y conste que no lo es por la obtusa oposición del PP, que en sus excrecencias evidencia la simpleza de Feijóo, sino porque después de tres años sin disponer de Presupuestos Generales no es aceptable la continuidad: por imperativo democrático se impone la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones. Tampoco es moral y éticamente soportable proseguir cuando los casos de corrupción se suceden; en una democracia sana se opta por la solución correcta: ir a elecciones. Sánchez es responsable al menos por omisión de los desafueros de Ábalos, Cerdán y Koldo, lo es de los demás episodios corruptos. Lo es de no aplicar el protocolo contra los casos de acoso sexual en el PSOE.
¿Qué le salva por el momento? Además de la incapacidad de la oposición, la reprobable actuación de la alta Judicatura. Ahí hay un caso llamativo de espuria intromisión en la política con consecuencias graves. Estamos inmersos en una crisis institucional de la que todos son responsables. Pedro Sánchez el primero por ser el presidente del Gobierno. Y que a nadie se le ocurra apelar al Rey. De intervenir, nos las veríamos con el desahucio del sistema. Es de suponer que Felipe VI no olvida lo que le aconteció a su bisabuelo Alfonso XIII en septiembre de 1923.
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