Opinión | Parece una tontería
El milagro manual

Libreta y portátil. / DIPUTACIÓN DE BADAJOZ
Cada seis meses o así acabo una libreta y empiezo otra. Es una mezcla de gimnasia de manos y de cabeza. A menudo, escribir manualmente no sirve para nada más que para la propia gimnasia. De modo puntual, algunas de esas libretas se convierten en antesala de un libro, su campo de ensayo, o de batalla, o su cementerio. Entre libro y libreta se tiende algo más que una familia semántica. Después de emerger de la nada, y convertirse en una idea luminosa que va a la deriva en la cabeza, los futuros libros pasan una larga temporada, que también puede ser corta, en un pequeño cuaderno, que puede ser grande. El proyecto, detallado a mano, deambula sin garantías, porque la literatura da frutos sin que puedas previamente estar seguro de que producirá un resultado. Esa residencia en la libreta, labrada con un bolígrafo, resulta crucial. Ahí, en esas hojas escritas con paciencia, confusas, garabateadas, con tachones, en las que a veces se mezclan tus frases con las de otros, o el desarrollo de un personaje con una lista de la compra, o un número de teléfono con la descripción de un sentimiento, el proyecto se hace adulto, y un día te dice: «Quiero ser libro».
Pero lo habitual es que las libretas empiecen y acaben en sí mismas, sin llevar a nada superior. Permanecen en la gimnasia, en el puro placer de emplear las manos con cierta finura, aunque al usar un martillo con ellas tampoco se apartan de exquisitez. Hay algo en las manos que conduce inevitablemente a la precisión. Me viene a la cabeza una escena de Las consecuencias del amor, de Paolo Sorrentino. Su protagonista, Titta de Girolamo, es un hombre solitario condenado por la mafia a vivir en un hotelito suizo, al que cada semana alguien le entrega una maleta repleta de dinero, que él deposita en un banco. Hay una escena en la que seis empleados cuentan el dinero manualmente. La cantidad es grosera, y el director del banco pregunta a Titta: «¿Por qué no deja nunca que cuenten las máquinas el dinero?». A lo que Titta responde: «Nunca hay que dejar de confiar en los hombres. El día que ocurra eso, habremos cometido un error». Las manos son sabias.
Sostener un bolígrafo es una modalidad de esplendor, tan amenazada por las máquinas -teléfonos y ordenadores- como el dinero de Girolamo. Perseverar en ejercer la escritura manual solo puede conducir a la belleza. Me gusta poner el ejemplo de Shelby Foote, autor de una obra de historia monumental sobre la guerra civil estadounidense, que escribió a lo largo de veinte años. Y lo hizo con una plumilla. Se llegó a decir que a mitad de escritura compró todas las que quedaban en Estados Unidos. «Esterbrook, mi fabricante favorito de puntas de pluma, prácticamente estaba en quiebra, y yo estaba bastante desesperado porque se me estaban acabando», dijo en una entrevista. Cuando supo que una vieja papelería de Nueva York almacenaba reservas de su modelo (Probate 313), compró suficientes para que le durasen vida y media. De hecho, escribió el manuscrito a plumilla, de millón y medio de palabras, no una sino dos veces. No cabe más fe en el milagro manual.
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