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Opinión | Tribuna

Una generación sin ‘imaganización’

En tiempos donde la desesperanza se ha convertido en paisaje cotidiano, convocar a la imaginación desde la belleza, la verdad, el arte y el cuidado es un acto radical

Este año desde Casa Planas hemos puesto en marcha un proyecto que nos ha dejado aprendizajes profundos sobre el papel del arte en la sociedad: la convocatoria Arts for Regeneration, es un proyecto nacido de la mano de la propuesta Hope! y que buscaba activar la imaginación colectiva en torno a futuros más regenerativos.

Hope! es una organización comprometida con revertir la emergencia climática mediante soluciones regenerativas, comunicación científica y movilización social.

La idea inicial era sencilla y ambiciosa a la vez: invitar a artistas de distintos ámbitos a pensar en cómo sería un mañana justo, abundante, saludable y lleno de vida. Queríamos ir más allá de la sostenibilidad, porque el presente ya nos ha demostrado que sostener lo que tenemos no basta. Se trata de regenerar, de reconstruir lazos con la naturaleza, con las comunidades, con la justicia social y con nuestra propia dignidad. Y hacerlo con el lenguaje más universal que tenemos: el arte y la cultura.

El proceso fue emocionante desde el inicio. Difundimos la convocatoria con mimo y generosidad, conectando con asociaciones culturales, educativas y ambientales, de ámbito nacional e internacional. A pesar del complejo desafío la convocatoria generó más de ochenta candidaturas.

Pero lo más revelador vino al abrir esas propuestas y empezar a escuchar, mirar y leer las obras recibidas. Descubrimos un patrón que, aunque intuíamos, se nos mostró con contundencia: más de la mitad de los proyectos no otorgaban propuestas creativas de un futuro deseable. No era un problema técnico ni de comprensión de las bases, sino algo más profundo: la dificultad de imaginar futuros positivos.

Muchas de las propuestas reproducían estéticas del colapso, narrativas de catástrofe o visiones distópicas. Incluso cuando hablaban de cambio, lo hacían desde la pérdida o la denuncia, rara vez desde la posibilidad de lo nuevo. El futuro aparecía como amenaza o como continuación de lo ya conocido.

Esto no nos sorprendió del todo. Como han señalado pensadoras como Yayo Herrero o Donna Haraway, vivimos en un tiempo en el que la imaginación ha sido colonizada por imágenes de destrucción, escasez y desesperanza. El sistema no solo erosiona territorios físicos, también empobrece nuestros mundos simbólicos. Nos cuesta imaginar algo distinto no porque no lo deseemos, sino porque no tenemos las herramientas.

Durante el proceso recordé las palabras de Layla Martínez en Utopía no es una isla: «Necesitamos desaprender los relatos que nos han enseñado a desear lo mismo que nos destruye». Y ahí reside precisamente la urgencia: aprender de nuevo a imaginar.

Lo interesante es que, en el diálogo con los y las artistas que participaron, surgió algo inesperado: el propio proceso se convirtió en un ejercicio pedagógico y transformador. Invitamos a revisar enfoques, a atreverse a mirar desde otros lugares, y en esas conversaciones apareció la posibilidad de que esta convocatoria fuese, además de un concurso, un pequeño laboratorio de desaprendizaje, reinvención cultural y políticas de futuro.

De esta experiencia extraemos varios aprendizajes y conclusiones. El primero, que existe un deseo urgente de que el arte tenga un papel activo en el cambio hacia un futuro regenerativo. La segunda, que ese deseo necesita marcos conceptuales y herramientas nuevas: espacios de acompañamiento, talleres, pedagogías que permitan explorar sensibilidades ecológicas y sociales inéditas. En otras palabras: necesitamos espacios para reaprender a imaginar.

El arte puede y debe ser ese puente entre la ciencia y la emoción, entre los datos y los relatos, entre la urgencia del presente y la promesa de un mañana distinto. Es un laboratorio sensible que nos ayuda a ensayar y especular futuros antes de que existan, a hacerlos verosímiles, deseables y alcanzables.

Este ha sido un paso pequeño, sí. Pero en tiempos donde la desesperanza se ha convertido en paisaje cotidiano, convocar a la imaginación desde la belleza, la verdad, el arte y el cuidado es un acto radical. Un acto de resistencia frente a la parálisis y un gesto de confianza en que todavía podemos reinventar nuestra relación con el mundo. Porque, como recordábamos en las bases de la convocatoria: si podemos imaginarlo, podemos crearlo.

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