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Opinión | Tribuna

Europa reconcilia ecologismo y biotecnología: fin a tres décadas de bloqueo

Europa adopta un nuevo marco para las técnicas genómicas: un acuerdo que combina ciencia y precaución para impulsar cultivos más sostenibles, resilientes y competitivos

Europa reconcilia ecologismo y biotecnología: fin a tres décadas de bloqueo

Europa reconcilia ecologismo y biotecnología: fin a tres décadas de bloqueo / Ingimage

Tras tres décadas de parálisis biotecnológica, las últimas negociaciones entre representantes de los gobiernos y el Parlamento Europeo culminaron en la madrugada del jueves 4 de diciembre con un acuerdo sobre las Nuevas Técnicas Genómicas (NTG) en agricultura. Es un hito transcendental tanto para los desarrollos agrícolas inmediatos como para los futuros que Europa necesita afrontar. Un acuerdo equilibrado, al conjugar las reticencias persistentes en ciertos reductos pseudoecologistas con la sólida evidencia de que tecnologías como CRISPR/Cas9 son imprescindibles para cumplir el Pacto Verde. Ya advertíamos en Diario de Mallorca (15 de abril de 2023) que solo un ecologismo reconciliado con la biotecnología permite aspirar a que un 25% de la superficie agrícola de la UE sea ecológica en menos de una década.

Es un cambio de era, por primera vez la UE reacciona frente al miedo social a la genética y la biología molecular, alimentado por décadas de desinformación que ha frenado la competitividad europea frente a América y Asia, que avanzan sin complejos y van muy por delante. Ahora se reconoce la validez de técnicas que reproducen mutaciones posibles en la naturaleza o alcanzables mediante mejora tradicional, alejándonos del fantasma, más emocional que real, del «transgénico».

El nuevo marco regulatorio sobre NTG distingue dos categorías de plantas modificadas genéticamente, sobre la base de criterios científicos, al margen de supersticiones o titulares alarmistas:

La Categoría 1 (NTG-1) incluye plantas con modificaciones (menos de 20) que podrían lograrse de forma natural o con mejora genética tradicional. Quedan exentas de la legislación sobre OMG (organismos modificados genéticamente), al no implicar intercambios de genes de especies no compatibles. Se trata de inactivaciones o modificaciones simples y su etiquetado solo será obligatorio para semillas y material reproductivo. No distinguiremos los productos en el supermercado. Los Estados miembros verificarán la clasificación inicial, pero los descendientes no requerirán nuevas evaluaciones.

La Categoría 2 comprende plantas con modificaciones más complejas o que no cumplen los criterios de la primera categoría. Se continúan regulando igual que los actuales OMG: evaluación de riesgos, trazabilidad y etiquetado, además de muchos trámites e información exhaustiva sobre los rasgos introducidos.

Este marco sustituirá la normativa de 2001, incorporando más de dos décadas de avances científicos y experiencia. Permitirá desarrollar cultivos más seguros, competitivos y adaptados al cambio climático. Tras este acuerdo entre Consejo y Parlamento, se aprobará formalmente y entrará en vigor junto con un estudio de impacto en el primer año. La eurodiputada sueca Jessica Polfjärd, celebró el acuerdo como «un primer paso para ofrecer a los agricultores acceso a una tecnología galardonada con el Premio Nobel». Se refería a la tecnología CRISPR que, conviene recordar aquí, arranca de los estudios del español Francis Mojica, de la Universidad de Alicante, quien describió el mecanismo en bacterias como sistema de defensa frente a virus. Descubrió CRISPR, pero fueron otros quienes desarrollaron la tecnología. Nos recuerda el problema de la I+D+i en España: se privilegia una I+P (investigación + publicaciones) desconectada de la I+D (investigación + desarrollo), lo que frena la traducción del conocimiento científico en liderazgo tecnológico e innovación. Es ya urgente renovar el CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico y la Innovación).

Negociar la cuestión de las patentes fue bastante complejo, por temor a que unas pocas grandes empresas acaparen estas tecnologías, generando dependencia para agricultores y pequeñas entidades de mejora genética. Pero convengamos que este riesgo no se combate bloqueando la tecnología, sino aportando transparencia. Quizás no sea suficiente, veremos, pero los desarrolladores de NTG-1 deberán declarar todas las patentes relevantes y las en trámite, en una base de datos europea, para vigilar su impacto en la disponibilidad de semillas y corregir desequilibrios. Además, Europa aumentará su inversión en biotecnología propia.

Las implicaciones científicas y sociales son enormes. Durante décadas, la biotecnología en Europa estuvo condicionada por percepciones emocionales más que por ciencia, alentadas por campañas que caricaturizaron los derivados OMG como «alimentos Frankenstein». Un ejemplo emblemático lo vivimos hace unos 25 años en la evaluación del tomate Flavr Savr, un tomate al que se había silenciado un gen que facilita el ablandamiento, aumentando así su duración en estado maduro. Su seguridad fue avalada por todas las evaluaciones científicas, incluido el SCF (Comité Científico de la Alimentación Humana de la CE), pero su mercado sucumbió ante la desinformación social.

Europa reconduce ahora el problema, a costa de distinguir las modificaciones complejas de las más simples y posibles de modo natural o convencional. En este contexto, herramientas como CRISPR/Cas9 y sus tecnologías derivadas resultan esenciales para alcanzar los objetivos del Pacto Verde y otros desafíos que tenemos por delante. De la misma manera que las vacunas de ARN mensajero han supuesto un salto tecnológico en la salud y fueron cruciales durante la pandemia, la biotecnología está también llamada a desempeñar un papel fundamental en la transición ecológica y alimentaria.

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