Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Empar Isabel Bosch Sans

El poder prestado del fontanero

El poder del fontanero no aparece en ningún organigrama, pero se reconoce enseguida. No depende de un cargo, sino de moverse en ese espacio donde nada se firma y, aun así, todo se decide. Su autoridad se basa en la insinuación; su fuerza, en lo que otros temen que pueda saber.

El primero que conocí me lo soltó sin preámbulos:

«Soy un fontanero».

No era una presentación, sino un aviso. No me amenazó —otros sí lo han hecho—, pero quedó claro qué zonas convenía no pisar. Lo importante no era la frase, sino lo que dejaba en el aire: él «sabía cosas» y yo debía entender mi lugar.

En los primeros años de la democracia y del Estado de las autonomías también aparecían quienes, sin serlo, fingían ser fontaneros. Yo, muy joven, me reía por dentro y los llamaba la KGB ensaimada: hombres que veían conspiraciones donde solo había rutina, porque necesitaban fabricarse una importancia que nadie les había otorgado. Simulaban manejar secretos para afianzarse en estructuras aún en formación.

Por entonces viví otra escena que me enseñó más que cualquier manual. En un acto de ingenuidad funcional, llamé a la embajada de España en Moscú para desbloquear un trámite. El funcionario que me atendió lo captó al instante y me dijo, con una serenidad que todavía recuerdo:

«Señorita, no se meta en esto».

Colgué despacio. Desde entonces aprendí a mirar de otra manera.

Si trabajas en periodismo, política o administración, los ves venir. Y descubres algo: no suelen ser especialmente listos. Si lo fueran, no aceptarían ser utilizados como piezas provisionales mientras creen que mueven hilos ajenos. Porque esos hilos, tarde o temprano, acaban enredándose en su propio cuello.

Una vez escuché a uno decirle a otro, mirándome expresamente:

«Aquesta no va de res!»

Un intento torpe de descartarme y, al mismo tiempo, de reafirmarse él. Con el tiempo entendí que esa frase explicaba por qué fui incluida en algunas reuniones precisamente por eso, porque no iba «de res», y excluida de otras por la misma razón. No tenía que ver conmigo, sino con su necesidad de marcar territorio.

Y algo más: los fontaneros no solo intimidan hacia abajo. También condicionan hacia arriba. He visto a cargos políticos de distintos partidos —personas capaces y formadas— actuar con más cautela de la que su propio criterio les dictaría. No por miedo a la oposición ni a la prensa:

miedo a los fontaneros.

A lo que saben, a lo que podrían decir, tergiversar o filtrar.

Ese miedo lleva a encubrir irregularidades que jamás habrían tolerado en otras circunstancias. Y, cuando no las encubren, actúan como si no las vieran. El efecto es el mismo: decisiones que no se toman, silencios que no se explican, responsabilidades que nadie asume.

Otro fontanero que conocí ya había llegado al final del recorrido. Fuí a su despacho por un trámite menor. Estaba guardando sus cosas en una caja. Me miró con una calma extraña y dijo:

«Voy a ir a la cárcel».

No ofreció excusas. Solo constataba que el poder que creyó tener nunca fue suyo. Era prestado. Y se lo habían retirado.

Ese es el mecanismo real: el fontanero cree pertenecer a un círculo selecto, pero su valor depende únicamente de su utilidad. No hay fidelidad, no hay reconocimiento, no hay memoria. Cuando deja de servir, desaparece sin ruido.

A mis sesenta años, con casi cuarenta en el periodismo, creo poder decirlo sin rodeos: no son figuras excepcionales. Abundan. Viven de la ilusión de rozar un poder que nunca les ha pertenecido. Y cuando lo descubren, ya es tarde.

Tracking Pixel Contents