Opinión | Escrito sin red
La manipulación del feminismo

8m-feminismo / David Castro
Fue en 2007. Rodríguez Zapatero se definió, ante un auditorio de mujeres, como feminista. No podía ser que el presidente del Gobierno fuera un Zelig ni un demagogo. En cambio, yo no sabía cómo definirme, sólo defendía la igualdad de derechos del feminismo clásico. Lo publiqué en un artículo que titulé «Soy un raro». Dije que pensaba cosas muy raras, como que las personas humanas, siendo todas diferentes entre sí, son iguales, tienen los mismos derechos; que, por ejemplo, un mismo delito de maltrato no puede ser castigado de forma diferente si el delincuente es hombre o mujer; que un maltratador sea peor que una maltratadora por mucho que haya muchísimos más de los primeros. Dije, cuando pensaba que el parlamento español aprobaba por unanimidad estas diferencias, que no me quedaba más conclusión que admitir que yo era un raro. Era la ley contra la violencia de género. Ingenuo de mí. El raro no era yo, que tenía presente el artículo 14 de la Constitución española, dentro del Título I de los derechos y deberes fundamentales, que reza así: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Que había que proteger a las mujeres frente a la violencia de los hombres con todos los medios del Estado, era evidente. Otra cosa es que se hiciera vulnerando la Constitución. Se iniciaba con el mefistofélico Rodríguez Zapatero, además de con esta ley, una etapa de confrontación ideológica en la que se aprobaron leyes funestas, como la de Memoria Histórica; que se culminó con el siniestro Sánchez aprobando la ley de Memoria Democrática, la ley del sólo sí es sí que rebajó penas a más de mil violadores, liberó a 120, e inauguró, con la ley Trans, el período estrambótico de mujeres trans en baños de mujeres y violaciones en cárceles de mujeres. Lo extraordinario es que toda esa producción legislativa no ha servido para reducir el número anual de mujeres asesinadas por hombres. Pero la fuerza del relato ha sido tan potente que cuando, por ejemplo, reciente, una mujer arroja a sus hijos de tres años al vacío desde un décimo piso y a continuación se arroja ella, tal tragedia se recoge mayoritariamente en los medios de comunicación como que una mujer cae desde el décimo piso con sus hijos. La diferencia entre arrojarse, acto voluntario, y caerse, acto involuntario, es abismal. Ahí no hay violencia vicaria que valga, porque la mujer, por definición del feminismo extremista, es siempre víctima y los hombres siempre culpables. Se olvida que especie sólo hay una, aunque se diferencien los géneros; que las mujeres han tenido padres y tienen hijos; que los hombres han tenido madres y tienen hijas. Pero hete aquí que el programa de Feijóo, ese timorato y acomplejado líder del PP, es derogar el sanchismo, pero no tocar ni un párrafo de la ley contra la violencia de género, no sea que el feminismo se enfade. Así se pierden más de un millón de votos hacia Vox.
Que el feminismo ha sido manipulado por la izquierda es una evidencia. Basta repasar las actitudes machistas de Pablo Iglesias acosando en ruedas de prensa a periodistas o el acoso a alumnas de Monedero en la Complutense o el de Errejón a la actriz Mouliá. Lo más chocarrero de este último, acusando a la actriz de mentir, contradiciendo el eslogan «hermana yo sí te creo» es que ésas son consignas que se publicitan, pero nadie se cree; el feminismo como simulación para obtener votos. Es el feminismo fatuo y falso de unos de tiparracos que han creado un partido que les posibilite follar. En el caso del PSOE la manipulación del feminismo se ha evidenciado con todo lo que hemos conocido de unos puteros como José Luis Ábalos y Koldo García, colocando a sus meretrices en empresas públicas y fundiendo con ellas el dinero de todos; con acosadores babosos como Paco Salazar, siempre al acecho de escotes y culos, siempre vacilando a cuanta chica joven querían pastorear. Todos ellos en la sala de máquinas del PSOE donde les ha colocado Sánchez que dice que, en realidad, no los conocía de nada, eran para él unos desconocidos, como no se ha recatado en confesar con expresión compungida. Por no hablar del Tito Berni y sus compinches celebrando en los burdeles de Madrid que el PSOE pretenda la abolición de la prostitución. ¿Hay mayor cinismo e hipocresía que declarar que se es feminista por ser socialista, como ufano, proclamaba Ábalos?
El Instituto de la mujer y la ministra de Igualdad pretenden prohibir la utilización del término «Charos» con el que se descalifica en redes a las mujeres sanchistas y feministas que en RTVE y en medios próximos al Gobierno le defienden de los ataques de los ciudadanos desafectos con el discurso oficial feminista. Ahí es nada, como en un 1984 redivivo prohiben nombres mientras califican a sus adversarios como cayetanos, que esto sí está bien dicho. Esas Charos son las que pretenden reventar a gritos los actos de presentación del libro «Esto no existe» de Soto Ivars. Ésas son las que en Espejo Público clamaban contra Soto desaforadamente y le acusaban falsamente de negar la violencia de los hombres contra las mujeres; pero sin haber leído el libro. Soto se limita a exponer que muchas mujeres se han salvado gracias a la ley, pero que nadie ha querido mirar a esas otras mujeres que, fingiéndose víctimas, emplean el escudo de la ley como espada contra los hombres con los que han entrado en conflicto, como arma arrojadiza. A cada denuncia falsa la sociedad ha respondido siempre con un «Esto no existe» y se ha tachado como negacionistas a quienes mencionaban este fenómeno, imponiendo una espiral de silencio. Es sabido que en un proceso de divorcio muchos abogados y los chiringuitos que se nutren económicamente de la aplicación de la ley instan a la mujer inmersa en un proceso de divorcio a que denuncien por maltrato a los hombres. Así se consigue, de entrada, su detención y un calvario judicial del que tardan a veces años en poder salir, cuando han podido demostrar que la denuncia era falsa. Las estadísticas oficiales afirman que sólo son falsas el 0,001%, dato absolutamente erróneo que sólo se justifica porque el ministerio fiscal nunca las investiga de oficio. Soto conjetura que alcanzan entre un 20% y un 30% de todas las denuncias, porque no hay forma oficial de contabilizarlas. El drama del feminismo extremo es que manipula y al mismo tiempo es manipulado.
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