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Opinión

La Casa Blanca quiere comprar ‘Casablanca’

En la batalla de los tiburones de Netflix y Paramount para zamparse a Warner Bros, Trump se interpone porque aspira a dejar huella en un Hollywood en liquidación

El Capitán Renault, interpretado por un inmenso Claude Rains, le pregunta en Casablanca a quien siempre será Humphrey Bogart aunque su personaje responda por Rick Blaine:

-¿Qué demonios te trajo a Casablanca?

-La salud, vine a Casablanca por las aguas.

-¿Qué aguas? Estamos en el desierto.

-Me informaron mal.

En Blue Moon, la película más inteligente ahora mismo en una pantalla cerca de usted, el letrista Larry Hart encarnado por Ethan Hawke despacha Casablanca como una película de exaltación homosexual, Ingrid Bergman se marcha con su triste esposo y «es el comienzo de una gran amistad» entre Renault y Rick. Sin embargo, la evocación de la escena acuática solo pretende aquí centrarse en el mayor enigma del siglo XXI, cómo combatir a Donald Trump con el armamento adecuado. El desdén calculado sigue siendo la manera más productiva de afrontar al aprendiz de tirano pero, ¿quién es el Bogart del siglo XXI?

La evocación también refresca que Trump quiere adueñarse de Casablanca desde la Casa Blanca a través de su yerno y testaferro Jared Kushner, esposo de una Ivanka Trump de la que su padre afirma que «si no fuera mi hija, intentaría ligármela». Esta semana despertó con la venta de Warner Bros, el estudio propietario de la película más significativa de la historia del cine, a Netflix. El asesino compra a su víctima, aunque 83 mil millones de dólares allanan cualquier reserva sentimental.

Nadie olfatea el espectáculo como Trump, que expresó de inmediato sus dudas sobre la compraventa cinematográfica, al tiempo que movilizaba a Larry Ellison. El billonario de guardia ya fue utilizado por el presidente estadounidense para comprar Paramount, canal CBS incluido, mediante un vehículo pilotado por su hijo David Ellison. Así surgió la contraoferta por Casablanca, de desenlace incierto pero que como mínimo retrasa la operación.

Trump dedica su segundo mandato a curiosear, y ahora quiere adueñarse de Casablanca. A través de la batalla de los tiburones de Netflix y Paramount por zamparse a Warner Bros, el presidente estadounidense aspira a dejar huella no solo en el Hollywood Boulevard sino en la meca del cine en su conjunto, ahora que se halla en liquidación por el asedio del entretenimiento a domicilio.

Solo Hollywood compite en glamour con la Casa Blanca. Ahora bien, el poder y volumen de negocio de ambas ficciones se halla en entredicho. En cambio, la única Casablanca auténtica preserva el influjo del «poder blando», cotizado en miles de millones. Trump fue precedido en el asalto a la película simbólica por los hermanos Marx, cuando rodaron Una noche en Casablanca desafiando el carisma de Bogart y Bergman.

El vínculo recién establecido entre Trump y Groucho obliga a recordar que el segundo de los cómicos citados declaró en una entrevista que «la única esperanza para este país es el asesinato de Nixon». En la extrapolación inevitable, estremece imaginar la sentencia que hubiera impuesto al actual presidente. De hecho, cuando la Warner quiso vetar el proyecto de Una noche en Casablanca, la carta de réplica del hermano Marx con bigote ingresó en los anales de la literatura contemporánea.

Un Groucho desatado planteaba al estudio afrentado si poseía la exclusividad de uso de la palabra ‘Casablanca’, y de paso el monopolio del vocablo «Hermanos» en Warner Brothers. Solícito, el terrorista verbal se ofrecía a auxiliar a la productora para distinguir a Harpo Marx de Ingrid Bergman. Por supuesto, Una noche en Casablanca estaba concebida como un asalto feroz a la película de Bogart. La feliz convivencia de ambos títulos en la memoria contemporánea obliga a concluir que una crítica oportuna aunque acerada puede consolidar el proyecto inicial.

El dilatado preámbulo ayuda a encajar el chasco de que Warner Bros posee hoy la titularidad de ambas películas, Casablanca y Una noche en Casablanca. La estampa de Groucho y Bogart en las manos futuras de Trump, o de «alguien de su entorno» en el eufemismo del Supremo, es demasiado alarmante para contemplarla sin sobresaltos. Pese a ello, la ley de probabilidades establece que la familia del presidente solo logrará demorar por unos meses la adquisición, y que el verdadero peligro dimana de Netflix.

En Warner/Netflix, una empresa fundada para repartir DVDs a domicilio, y reconvertida en la mayor vomitadora de contenidos de calidad variable de la historia, absorbe a un estudio clásico con un siglo de existencia y que fue pionero en incorporarse al cine sonoro. Las perspectivas son demoledoras, sin necesidad de considerar la incorporación al proyecto de los fondos de emiratos árabes que castran las provocaciones cinematográficas.

Netflix no aspira a ganar otra batalla, sino la guerra. La adquisición de Warner implica la muerte del cine clásico, hasta el extremo de que el comprador Ted Sarandos se ha tenido que comprometer expresamente a mantener los estrenos en salas. Es el argumento de Vivir en zapatillas de Pascal Bruckner, con el confinamiento como horizonte existencial.

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