Opinión
La metáfora Salazar
El PSOE y la Moncloa neutralizaron una denuncia de misoginia, pararon dos veces el proceso y desatendieron completamente la angustia de las denunciantes

El ex secretario Ejecutivo de Acción Electoral de la Ejecutiva federal del PSOE, Francisco Salazar, en una foto de archivo. / PSOE - Archivo
«Se subía la bragueta en tu cara, escenificaba felaciones y pedía vernos el escote». Este fue el explícito y repugnante titular con el cual, gracias a eldiario.es, descubrimos la existencia de un tal Francisco Salazar. Desconocido para la mayoría de los mortales ajenos a la pomada socialista, el personaje era, aun así, un perfecto conocido en los círculos de poder del PSOE.
No se trataba de un advenedizo cualquiera de la calle Ferraz, sino de un hombre que había compartido piso con Ábalos y Santos Cerdán en las épocas del Peugeot, cuando Pedro Sánchez protagonizaba la batalla por las primarias. Y después de la épica, la prosa del poder, con despacho en la Moncloa como asesor directo del presidente, y estrecha vinculación con la red de altos cargos del Gobierno y del partido. Entre otros, amigo personal de su excolaborador Antonio Hernández, director de coordinación política de Presidencia hasta ayer mismo, en que fue destituido.
Sería esta red de poder la que le habría permitido blindarse ante las primeras acusaciones de las mujeres que habían trabajado con él y, a pesar de dejar el cargo, mantener intacta su influencia en el partido: llamadas del PSOE a eurodiputados para que ayudaran Salazar con la asesoría demoscópica que había creado; peticiones a varias embajadas en Madrid para ayudar a Salazar; asesoría a Salvador Illa, en calidad de líder del PSC; encuentros recientes con la portavoz del Gobierno, Pilar Alegría y con la actual secretaria de organización, Rebeca Torró… Era tal su influencia que fue una de las personas que, después de la entrada de Santos Cerdán en prisión, diseñó la nueva estructura orgánica del partido.
Y todo este éxito lo disfrutaba después de que las mujeres afectadas hubieran denunciado en el canal interno del partido que Salazar «sobrepasaba todas las líneas» y mostraba comportamientos misóginos inaceptables. Pese a la contundencia de su denuncia, el expediente sobre Salazar desapareció de repente y nadie del partido se puso en contacto con las mujeres durante meses. Después, la prensa empezó a remover el tema y el PSOE volvió a intentar pararlo, bajo la excusa de que no había que abrir una nueva investigación, porque Salazar se había dado de baja. Y, como ya se ha dicho, después continuó disfrutando de los favores de las altas esferas socialistas, que le mantuvieron el chiringuito sin ningún aspaviento.
Ahora que el escándalo ha explotado en toda su dimensión, tanto por la información de los compañeros de el diario.es, como por el testimonio de otras mujeres que han corroborado las denuncias contra Salazar, han venido las prisas, las destituciones y los intentos patéticos de dar explicaciones. Pero no hay por dónde cogerlo, ante la evidencia que no se puede desmentir: el PSOE y la Moncloa neutralizaron una denuncia de misoginia, pararon dos veces el proceso y desatendieron completamente la angustia de las denunciantes. Simple y llanamente, la Moncloa protegió al misógino e ignoró a las víctimas. Y todo esto mientras vendía su propaganda de compromiso feminista en el mercado de la política. De hecho, lo mismo que le pasó a Podemos cuando estalló el caso Errejón y se supo que los protocolos internos no habían servido para nada, a pesar de que el partido conocía algunas de las denuncias.
Esta es la cuestión: el abismo que hay entre la propaganda política y la coherencia a la hora de hacerla efectiva. Sobre el papel, todos son feministas y contrarios a las prácticas misóginas. Pero del papel a la realidad hay un tramo enorme que protege a los misóginos, especialmente cuando el poder entra en juego. La misoginia es aún tan profunda que llegan a normalizarse comentarios, vocabularios y maneras que degradan profundamente a las mujeres, sin motivar ninguna reacción de rechazo. En este sentido, el Salazar de la bragueta abierta y la mirada lasciva a los escotes de sus ayudantes se asemeja mucho al Ábalos del «No sé, la Carlota se enrolla que te cagas», con Koldo respondiendo, «pues la que tú quieras. O Ariadna y Carlota, y a tomar por culo». Es el machismo ancestral que se alimenta de la impunidad. El problema no es que existan cerdos que no respetan a las mujeres. El problema es que disfrutan de impunidad cuando tienen poder.
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