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Opinión | Tribuna

Daño, silencio y responsabilidad

Francisco Salazar

Francisco Salazar / PSOE - Archivo

La pasada semana no pasará a la historia como la mejor para el PSOE. Entre la entrada en prisión de Koldo García, la enésima sombra sobre Ábalos y un intento de recomponer puentes con Junts, que muchos interpretaron como una reverencia inútil, cualquiera diría que la derecha y ultraderecha desquiciada y hambrienta de poder, ya tenía munición de sobra. Pero aún había más: la temporada 2 del caso Salazar, más chusca, más indecente y más sonrojante que la primera.

Mi estupefacción inicial se ha convertido en indignación profunda. Un partido con 145 años de historia, 41 Congresos y un legado que ha cambiado este país no puede cometer errores tan graves, ni aspirar a que fuera subsanable con un perdón y un «no volverá a ocurrir». Hay trazabilidad en la denuncia, hay decisiones, hay responsables. Y también hay mujeres que se atrevieron a denunciar, que sufrieron, que volvían a casa con un nudo en el estómago mientras otros miraban hacia otro lado y, que tras denunciar, fueron olvidadas y «ofuscadas» por el sistema. Eso también tiene responsables.

Los comportamientos descritos son repulsivos, no solo por lo sexual, sino por el abuso de poder que destilan. Y el silencio que los rodea duele casi tanto como el acoso en sí. Porque no actuar también es actuar. Y, en este caso, es actuar mal. Hay silencios que pesan más que un grito y dicen demasiado. Lo que está ocurriendo en el PSOE con los casos de acoso que han salido a la luz no es solo un problema de nombres, expedientes y sistemas informáticos. Es un problema de actitud, de reflejos, de entender que el poder no sirve de nada, si no se ejerce de forma rápida y eficaz, para proteger a quienes más lo necesitan.

Cada denuncia por acoso exige rapidez, rigor y empatía. No dudas. No parálisis. No esa sensación de que proteger la estructura pesa más que proteger a una persona. El PSOE no puede permitirse tardar más en reaccionar que en tuitear sobre igualdad. Si exigimos a la derecha que asuma responsabilidades cuando se producen casos de violencia, abusos o acoso, no podemos permitirnos aplicar otro rasero en nuestra casa.

El eco del caso Nevenka vuelve estos días. No porque las historias se repitan, sino porque ciertos silencios se parecen demasiado. Aquella cobardía institucional marcó un antes y un después. Hoy nadie debería permitirse repetirla.

Esto no va de linchar sin garantías. Va de activar protocolos, apartar cautelarmente, acompañar a las víctimas y demostrar que ningún cargo ni ningún carné vale más que la dignidad de una mujer. Va de recordar que el feminismo no es un eslogan, ni sostener una pancarta el 25N, sino una responsabilidad diaria, especialmente cuando incomoda.

Las socialistas, y especialmente las mujeres, debemos alzar la voz con claridad: ni un retroceso más, ni una sombra más, ni una duda más. Es el momento de elegir entre ser parte del problema o ser parte de la solución. Y esa elección no se hace con palabras: se hace con decisiones. Con valentía. Con hechos. Si alguien no se siente con fuerzas, aquí estamos para sostener, acompañar y denunciar. Se llame como se llame y ocupe el cargo que ocupe, es nuestra obligación y debemos ser ejemplo. Siempre.

Porque el silencio es una decisión. Una decisión que duele y que pesa.

Porque no actuar también deja huella. Es hora de elegir: ser parte del problema o parte de la solución.

Y esa elección no se hace hablando.

Se hace actuando.

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