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Opinión

Rufián, ¿líder en las Españas?

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, interviene durante una sesión plenaria, en el Congreso

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, interviene durante una sesión plenaria, en el Congreso / Ricardo Rubio - Europa Press

El debate sobre la reorganización del espacio a la izquierda del PSOE se ha intensificado a raíz de la descomposición de Sumar y el estancamiento de Podemos. Un contexto en el que la propuesta de Gabriel Rufián de explorar una candidatura plurinacional que agrupe a fuerzas como EH Bildu, BNG, Ara Més y ERC -con menciones más hipotéticas a Compromís o a partidos estatales como Podemos e Izquierda Unida- ha reabierto la discusión sobre las posibilidades de cooperación en la izquierda, tomando como referencia experiencias recientes en el ámbito europeo. Rufián ha defendido la necesidad de construir «un verdadero espacio plurinacional de izquierdas» y ha alertado de que, de no hacerlo, «nos van a matar políticamente por separado», apelando a actuar con «menos pureza y más cabeza». La dirección de ERC ha descartado que esta propuesta forme parte de su estrategia -que en Catalunya se encontraría con la dificultad añadida de los Comuns- y ninguna de las formaciones interpeladas ha mostrado disposición a avanzar hacia una coalición estatal, recordando que los precedentes europeos no son fácilmente extrapolables a unas elecciones generales.

No obstante, desde una perspectiva electoral, la hipótesis tiene fundamento: en un sistema con circunscripciones pequeñas, donde la fragmentación penaliza especialmente a las fuerzas medianas y pequeñas, una candidatura conjunta podría mejorar la conversión de votos en escaños y reforzar la presencia estatal de las formaciones territorializadas. Aunque los incentivos -mejorar resultados, aumentar visibilidad y coordinar una agenda común- son claros, estos beneficios potenciales se ven limitados por el temor a diluir identidades partidistas, por divergencias programáticas en ámbitos sensibles -como la financiación autonómica- y por la complejidad de articular agendas territoriales diversas. A ello se añaden, además, la resistencia a ceder autonomía organizativa y las dificultades inherentes a compartir liderazgos y armonizar culturas políticas distintas. Una complejidad se ve agravada por la necesidad de articular mecanismos de coordinación estables en un escenario en el que cada partido opera con calendarios y expectativas propias. Incluso el liderazgo de Rufián, que ha impulsado el debate y que goza de buena valoración, puede generar recelos en formaciones que buscan preservar su autonomía y la de sus líderes.

A pesar de las dificultades, y aunque hoy no exista una disposición real para avanzar en una candidatura de la izquierda plurinacional, la combinación de expectativas menguantes y creciente polarización puede modificar los incentivos. Si el espacio a la izquierda del PSOE continúa deteriorándose, la presión para explorar fórmulas de cooperación aumentará. En este contexto, la propuesta, pese a su complejidad, no puede descartarse, ya que podría convertirse en una respuesta pragmática y racional a un escenario cada vez más adverso para las fuerzas implicadas y para la izquierda en general.

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