Opinión
Un extraño en Son Moix

Los futbolistas del Real Mallorca se empiezan a colocar en la barrera de la falta que supuso el 2-1 de Osasuna. / MANU MIELNIEZUK
A nuestro protagonista de hoy no le gusta el fútbol, nunca le ha agradado. Por azares de la vida asiste al Mallorca-Osasuna en el estadio de Son Moix. La experiencia es muy gratificante.
La hora del encuentro es muy rara: las 2 de la tarde. O comes pronto, o picas algo en el campo, o te mueres de hambre. Afortunadamente el Club (como así llaman a la empresa propietaria) ha montado una paella gratuita para animar el cotarro.
El extraño ha almorzado temprano, algo habitual en él. Al día siguiente ve, en Diario de Mallorca, la foto del arroz. Tiene buena pinta y muchas gambas, que van caras.
Mucha gente va andando a Son Moix o en autobús, algo que favorece la movilidad sostenible. No obstante, en el enorme aparcamiento del recinto cuelga el cartel de completo. En los alrededores tampoco hay ningún sitio libre. No se ven coches estacionados en las salidas de la Vía de Cintura: la gente aprende a base de multas.
La Policía Local regula, amablemente, el tráfico. «Esos agentes también podrían estar presentes en otros momentos, como las entradas y salidas de los colegios que tantos atascos ocasionan en la zona», piensa el peatón.
Hace un buen día, sol y nubes, pero no mucho frío. Como en la vida hay gente para todos los gustos. Los hay ataviados como si fueran a esquiar al polo norte; los hay que van a cuerpo.
La mayoría lucen camisetas, gorras, bufandas, sudaderas, chándales y otras prendas con los colores del club local. Alegre panorama, predomina el rojo, un rojo de fuego y pasión.
En una esquina del fondo norte están apiñadas, y como castigadas, un grupo de personas. También van de colorado. Más tarde nuestro espectador sabrá quiénes son: la afición contraria. Los jugadores de Osasuna les brindaron los goles.
El encuentro empieza muy puntual. Algo insólito en España, donde muy pocos acontecimientos comienzan a la hora. Somos de dejar diez minutos de cortesía para los retrasados y de improvisar a última hora los preparativos. Así nos va.
El neófito no entiende nada de lo que pasa en el terreno de juego. El fútbol es como la física cuántica. Suerte que los vecinos de localidad comentan en voz alta las jugadas.
El público en general se comporta como jueces en un juicio rápido. En centésimas de segundo saben qué ha pasado, si es falta leve o grave, si merece tarjeta amarilla o roja. Un misterio insondable que dominan los entendidos es el fuera de juego. ¿Para qué hacen falta árbitros y asistentes de línea si la gente conoce la verdad?, siempre, claro está, a favor de su equipo.
Al portero navarro le pitan cada vez que toca el balón. El ‘ajeno’ pregunta por esa muestra de desaprobación. «Ha tenido dos malos lances con jugadores del Mallorca, es un chulo».
Los rojillos mallorquines se adelantan. El primer gol es un penalti contra el Osasuna. La grada lo tiene claro desde el primer segundo. No obstante, el VAR confirma el castigo al cabo de unos minutos.
Vedat Muriqi engaña al portero y marca. ¡Subidón! El campo vibra: niños, jóvenes y mayores brincan de alegría. Lo más bonito de la tarde es cuando el animador pregunta a la masa quién es el goleador. «Muriqi, Muriqi», claman los espectadores, al tiempo que hacen flamear sus pañuelos, bufandas y gorras rojas.
La gratificante escena se repite poco después. El kosovar, un portento en sus cabalgadas, burla a las defensas contrarias. La cosa pinta muy bien, pero todavía quedan muchos minutos.
En el fondo sur habita una peña muy animada del Mallorca. Pese a tener asientos, se pasan toda la velada de pie. Mueven mucho brazos y piernas y cantan. A veces el resto del público se une a sus cánticos, pero sin mucho entusiasmo.
El Osasuna no se rinde y en un pispás iguala el partido. «Un empate que hace daño», titula este diario al día siguiente. De camino a casa, los compungidos seguidores locales comentan que van a ver al Barça por la tele.
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