Opinión
Pelo mojado

Pelo mojado
Algunas mañanas, al salir de casa, me cruzo con una mujer que lleva siempre el pelo mojado. Mi pensamiento es el mismo cada vez: «Pero adónde va, qué suicida». Esa melena recién salida de la ducha, sometida a las inclemencias de la calle, me contagia la misma desazón que las personas que esperan el metro muy cerca del andén o las que se sientan en las barandillas de los puentes. En mi colección de aprensiones, la de dejar que el pelo se seque al aire me sobrecoge. Imposible no temer que me acatarraré, y que el resfriado derivará en pulmonía, que me condenará a una cama de hospital, donde agarraré una bacteria, por ejemplo, y fin de la historia.
Hace unos días, mientras leía El contrabando ejemplar, del argentino Pablo Maurette, encontré consuelo y esperanza, por decirlo a sí, en la convicción de que si te lavas el pelo, y no le aplicas enseguida el secador, seguramente acabas muerto al poco tiempo. No estaba solo, me dije con alegría. Que encontrase un alma gemela en una novela, que no deja de ser un camino para iluminar la verdad, no restaba fuerza alguna a mi consolación. Pablo, el narrador libro, y aspirante a escritor, cuenta cómo en un momento de su vida se mudó a Roma, donde conviviría con cuatro estudiantes italianos en un pequeño apartamento. Compartían un baño miserable en el que había más secadores de pelo que en una peluquería. «Los varones italianos, aun cuando llevan corte militar, usan religiosamente el secador, el phon, porque le tienen pánico al colpo d’aria, ese chiflete helado que te da en la nuca cuando salís a la calle con el pelo mojado provocándote gripe, rinitis, pleuresía, pulmonía, enfisema y, en la mayoría de los casos, la muerte», dice el personaje.
El texto me congració con una segunda idea, de la que difícilmente me descabalgaré alguna vez: la superioridad del secador de pelo sobre cualquier otro electrodoméstico de la casa. Ahí incluyo la nevera, el microondas, el exprimidor de zumo o la cafetera, me da igual. El secador me salva la vida cada mañana. Por no hablar de que después de usarlo no es necesario lavarlo.
El secador es la primera defensa ante el intento de asesinato que representa el frío. Quizá el frío sea el hecho más real y cruento que existe. Con Dios puede haber dudas, o con los fantasmas, pero con el frío no: existe absolutamente y pretende acabar contigo. El día que llega se te mete dentro, como las manías, y dice «Aquí mando yo». Es el villano perfecto: violento, arisco, excitable. Da miedo. A veces todo lo que consigues replicar es un «Señor Frío, no me haga daño». La clemencia no es su mejor cualidad. Así que no puedes concederle ventajas. Dejar que el pelo se seque solo es poco menos que pedir que te mate una simple corriente de aire. La vida es así: te declaran la guerra y te defiendes. Por eso sales de la ducha y te secas rápidamente. Cuando conectas el secador le estás diciendo al frío, aunque tengas la calefacción puesta, y en realidad la temperatura en casa sea agradable, que a ti no es fácil matarte. Por eso, si te presentas en la calle con la cabeza mojada, es que quieres morir. Morir con gusto.
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