Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Los jueces son los nuevos influencers televisivos

En la senda de Baltasar Garzón, se ha confeccionado una alineación estelar de magistrados sometidos a la dictadura de las sentencias concisas pero inapelables

El centenario Gore Vidal sintetizó la civilización contemporánea en que «un hombre nunca debe rechazar dos cosas, el sexo y salir en televisión». En los canales tradicionales de la pequeña pantalla también hay youtubers, dado que la programación se reproduce ahora fragmentada en Youtube, con un cambio instantáneo de género. Esta religión ha trastornado a las más altas magistraturas. Cuando Andrés Martínez Arrieta, presidente de la sala de lo Penal del Supremo, anuncia en público su celebrado «concluyo, que tengo que poner la sentencia al fiscal general», no se inicia tanto en la revelación de secretos como en Tik Tok.

En un giro inesperado de los currículums, los jueces son los nuevos influencers televisivos. En la senda abierta por Baltasar Garzón, se ha confeccionado una alineación estelar aunque caprichosa de magistrados sometidos a la dictadura de las sentencias concisas y también inapelables, el minuto de gloria. La actividad un día exótica crece en protagonismo y ‘protoganismo’, porque la televisión sigue siendo una gran rastreadora de talento. Sin orden ni concierto:

Baltasar Garzón. El precursor que no pudo alcanzar la tierra prometida desde la judicatura, apeado brusca y precisamente porque su protagonismo envenenaba de celos a sus colegas. Habrá sido el juez más amado por la población, con el ego mejor cultivado y una excelente prestancia televisiva que obliga a Federico Jiménez Losantos a denunciar su «voz de pito». Un excelente defensor de las causas incluso perdidas.

Joaquim Bosch. Abrió las puertas de par en par a la visibilidad judicial en televisión. Educado y definido, está enamorado de la democracia. Sintoniza a la perfección con la audiencia porque despide credibilidad. Es la importación de la figura de James Stewart, la persona equilibrada, el hombre con piedad. Puestos a someterse a los tribunales, quién no querría ser juzgado por un magistrado así. La popularidad extrema le ha obligado a matizar.

José Antonio Martín Pallín. Nació con la Guerra Civil y parece un hijo de la República. Presenta un historial legendario como fiscal y magistrado del Supremo que condenó a Barrionuevo. Sabes de antemano la línea progresista que va a defender, pero consigue suspender la incredulidad de la audiencia. Su aparente parsimonia esconde un zarpazo letal, parece creado exprofeso para la televisión.

José Castro. Históricamente, ha abierto las compuertas de la ley actual que obliga a incorporar un juez de guardia a cualquier programa que se precie. Sin Nóos no estaría aquí, y en principio solo le llamaban para preguntarle si hubiera encarcelado a la familia política de Iñaki Urdangarin. Ha sorprendido tanto al espectador como en su día a La Zarzuela, que lo menospreció. Ceremonial, retórico y letal, coincide con Martín Pallín en calificar de «disparate» la condena del fiscal general. Castro se presenta además con un solo apellido, y no con dos como los árbitros de fútbol.

Javier Gómez Bermúdez. Si no se creyera tan bueno, sería todavía mejor. Su recuperación acelerada demuestra que los jueces no tan progresistas van escalando posiciones en la programación. La pose de Yul Brynner se impone a cualquier estimación de su trabajo, ejerce de hipnotizador. Como los mejores de su estirpe, se hace escuchar aunque no sentencie.

Manuel García-Castellón. Es el último intento de equilibrar la balanza ideológica. Cree estar convocado ante la pantalla como juez, cuando la televisión solo admite artistas de variedades o luchadores sobre el barro. En fase de aclimatación, prodiga en exceso el elusivo «hay que respetar el trabajo de los tribunales». Exime de un posible error a quien ha acertado en otras ocasiones, curioso criterio penal.

Ignacio González Vega. Frecuentaba a Xabier Fortes en el mejor programa político de los últimos años. El portavoz de Jueces para la Democracia se escuchaba a gusto pero entraba en conflicto con su imagen, estamos hablando de televisión pura y dura.

Victoria Rosell. Una valiosa excepción femenina en el reparto masculino, si no mediara su vinculación con Podemos, hoy tóxica para la taquilla. Siempre parece buscar un cargo.

Manuel Marchena (66). El deseado, la competición se endurecerá cuando entre en el circuito. Las cadenas televisivas se arremolinarán a la puerta del Supremo para contratarlo el día de su jubilación. Nadie, ay, sentirá ansiedad por incorporar a Martínez Arrieta.

Desprovistos de insignias y togas, los jueces influencers demuestran que no hay éxito sin una celebración individualizada del propio trabajo. El mercado de los telemagistrados está en auge porque ofrece gravitas y determinación, a diferencia del descrédito unánime y contagioso de los líderes políticos. Sin olvidar la curiosidad de contemplar a una especie rara. De la Audiencia a la audiencia, ocupan la misma pantalla que Alessandro Lecquio o alguno de los Matamoros. Se arriesgan además a ser desacreditados por un colega, no importa lo jubilado que se encuentre. De hecho, la última frontera consiste en programar un enfrentamiento en directo entre dos magistrados, de momento solo dialéctico.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents