Opinión | Escrito sin red
La banda se descompone

Archivo - El exministro José Luis Ábalos / Fernando Sánchez - Europa Press - Archivo
Cuando José Luis Ábalos compareció en el Congreso ante la prensa proclamando su inocencia, dejó salir de sus labios con voz ronca toda la amargura del que lo ha tenido todo en la vida y de repente descubre que de todo aquello no le queda nada, que está en la soledad más absoluta: «Estoy solo. No tengo a nadie». Ni coche oficial, ni secretaria que le trajine los folios, ni nada. Ahora, desde Soto del Real, sin plumífero que le resguarde del intenso frío de la meseta, ni tabaco negro que relaje su tensa musculatura, dirige su encono contra el presidente del Gobierno, contra el hombre al que ayudó a auparse a la secretaría general del PSOE y a la presidencia del Gobierno en la moción de censura contra la corrupción del PP; contra el hombre que ahora dice haber tenido con él confianza política, pero desconocimiento personal; ¡él, Ábalos, un desconocido! Si le cesó en 2021 por su desordenada afición al puterío tras la denuncia de Carmen Calvo, algo que nunca ha reconocido, y lo recuperó en 2023 haciéndole diputado y presidente de la comisión de Interior. ¿Desconocido? Pero si realizaba viajes oficiales acompañado de Jéssica, a la que, además le ponía piso pagado con comisiones ilegales y colocaba en una empresa pública como ADIF. ¿Desconocido cuando recorría con él media España en el mítico Peugeot? ¿Desconocido cuando se alojaba en su casa cuando visitaba Valencia, en fiestas familiares? Ahora, acusa veladamente a Pedro insinuando el preeminente papel de Begoña en el rescate de Air Europa; al tiempo que su compañero de celda en Soto del Real, Koldo García, dice haber oído de Javier Hidalgo la voluntad de compensar la gestión de Begoña; dice haber oído que la compensaron con un millón de euros. De momento sólo acusaciones, las pruebas nadie las presenta. Algo de eso podríamos atribuir al que acusa a Ábalos y al anecdótico Koldo de calumnias, sin presentar como es su obligación como presidente del Gobierno, querella alguna contra ambos. El que dice haber asumido la responsabilidad política por haberlos situado en las altas instancias del poder al haber pedido perdón por ello. Como si asumir responsabilidad política consistiera en pedir perdón. No era eso lo que exigía a Rajoy, al que, además de llamarle indecente por el «sé fuerte Luís» a Bárcenas, le decía que se asume la responsabilidad política dimitiendo de la presidencia.
Hubo un momento en que Ábalos disfrutó del cariño y la veneración de militantes del partido y de prácticamente todos los dirigentes. Ahora, destronado de sus altas responsabilidades, no ha dudado en arremeter contra aquellos que ante él se deshacían en elogios y arrumacos. Era la mano derecha de Sánchez, generoso, valiente y feminista a fuer de socialista. Así, señala a nuestra Francina Armengol, la que trataba con Koldo García la contratación de las mascarillas que fueron fraudulentas y que no denunció hasta un día antes de la toma de posesión de la presidenta Prohens; la que propició otro contrato con la trama, los test del Covid avalado por el Ibsalut de Fuster. La acusa de prevaricar, dice que le desprecia a él, desprecia al Tribunal Supremo y desprecia al Congreso, que incumple la obligación formal de reclamar los autos y resoluciones que afectan a un diputado como él al TS. Y se produce esa denuncia contra Armengol la misma semana en que El Mundo reproducía una fotografía de ambos en primera plana. La fotografía, seguramente tomada en una visita del entonces ministro a Palma, siendo Armengol presidenta de Balears, es muy significativa. Ábalos en medio escorzo, con la americana desabrochada, camisa blanca, sonriendo, el ceño y los ojos entrecerrados por el sol, mientras Armengol, perfilada, con su hombro izquierdo tocando el derecho de él, con sonrisa explosiva y dientes, dientes, tiene depositada su mano derecha sobre el pecho viril del hombre, cuyo corazón tan blanco palpitaría de gozo. No parece que la imagen responda a un encuentro entre un ministro y una presidenta autonómica. Tampoco rememora al más «bello encuentro fortuito y aleatorio entre una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección» descrito por Isidore Ducasse. Más parece el feliz abrazo entre dos viejos conocidos cómplices de todas, o casi todas, las artimañas que jalonan la ruta ambiciosa que conduce al poder. Un antiguo comunista amigo de la guerrilla terrorista colombiana M-19, de la que formó parte el presidente Gustavo Petro y nuestra antigua militante del Bloc d’Estudiants independentistes. Vista la fotografía ya parece más plausible que Koldo le llamara cariño a Armengol. No fue una inconveniente metedura de pata. Era la ponzoñosa camaradería entre gente que se tiene mucha confianza y muchos secretos compartidos.
Lo siguiente en la escala de cutrez, como si todo lo anterior conocido del comercio prostibulario y su incardinación en las estructuras del Estado no fuera suficiente, son las andanzas de la mujer de Santos Cerdán y del asesor electoral de Sánchez. De la primera tenemos noticia por los audios de Antxon Alonso, el socio de Santos en Servinabar, la empresa aliada con Acciona que servía para obtener las comisiones por la adjudicación de obra pública en Navarra. Se quejaba la mujer de Antxon del gasto desmesurado de Paqui, la mujer de Santos, en El Corte Inglés, donde era conocida y glosada por sus compras como si no hubiera mañana por todas las vendedoras y cajeras del gran almacén. Un peligro, vamos. Es lo que tiene que algunos antiguos descamisados alcancen a pillar cacho. Como el ugetista de los Eres cuya madre se jactaba de que su hijo tenía dinero para asar a una vaca. Paco Salazar, en Ferraz de asesor de Sánchez durante cinco años, cobrando del ayuntamiento de Dos Hermanas sin ir a trabajar, ex diputado, nombrado por el jefe para la secretaría de organización del PSOE, fue denunciado por acoso sexual por empleadas de Moncloa. Se le abrió expediente y él mismo se dio de baja en el partido. Primero se cerró el expediente, después se dijo que seguía abierto. Ahora sigue en la Moncloa asesorando a su amigo Sánchez, como si nada. Y ahora se sabe del acoso con el que el rijoso asesor atormentaba a sus empleadas. Que si los escotes, que si el culo bien moldeado por los ceñidos pantalones, que si la escenificación de una felación, que si salir del baño con la bragueta abierta y cerrarla ante las atribuladas compañeras. Y, tan campante, el personaje sigue en sus labores de formatear el feminismo presidencial. No es La corte de los milagros de Valle Inclán, es la banda facinerosa de Sánchez Pérez-Castejón.
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