Opinión
El amor de Tino

Lazo rojo concienciación VIH/sida. / SEMERGEN
Se acaba de celebrar el día Mundial del SIDA, porque un 1 de diciembre de 1981 se diagnosticaba el primer caso de SIDA en el mundo, enfermedad que ha acabado con la vida de más de 25 millones de personas y que hoy todavía sigue perseguida por un estigma que se acuñó en aquella década, cuando la enfermedad se asoció a drogadictos y homosexuales en un sádico linchamiento que demostraba dos cosas, la lúgubre y triste ignorancia y ese tufo de intolerancia que siempre ha teñido las casas y las calles de España.
Recuerdo muchas cosas de los años ochenta -en esa década pasé de los 14 a los 24- y casi todos los recuerdos tienen que ver con una forma atropellada de agarrar la vida y todo lo que en ella se movía. Recuerdo los ojos de Tino y aquel escondite donde recibía las visitas de otros hombres a los que aseguraba no amar, pero sí necesitar; recuerdo sus ganas de vivir y su risa cuando me decía que vivir era peligroso, al menos vivir como lo hacía él y, por eso, se mecía entre las notas de un bolero con tal ansia que parecía flotar sobre los escombros que se amontonaban en ese lugar al que solo unos pocos podían llegar, vestidos y desnudos al mismo tiempo, espiados y golpeados constantemente.
A Tino, los otros chicos lo llamaban «maricón» y su padre le pegaba una y otra vez para que dejara de ser «eso» y fuera un hombre de verdad y, sin embargo, él era feliz cuando cruzaba la línea que separaba su vida de la vida de los otros y, por eso, cantaba con voz de cantinera vieja, porque sabía que un día no volvería y sería tan fácil olvidarlo todo que casi hasta le daba miedo olvidarse de mí. El pueblo era pequeño, como un barrio desordenado, y el amor de Tino era muy grande y cuando no se escondía en la playa, lo hacía en la cabaña que habíamos construido frente a la higuera cuando éramos niños y jugábamos a ser adultos sin identidad.
Tino murió en verano cuando el cielo es muy azul y las estrellas brillan más y todo el mundo dijo que había muerto porque era maricón y, por eso, su madre no pudo llorar y, por eso, yo no pude llorar y, por eso, su padre se metió en el bar y bebió y bebió y dijo que lo peor de todo era tener un hijo maricón, mientras los otros aplaudían su borrachera y su valor.
Con Tino se fueron muchos otros tinos que el SIDA etiquetó con un número interminable que hoy sigue siendo tabú.
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