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Opinión

La evidencia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ex ministro José Luis Ábalos, conversan durante un mitin de campaña en noviembre de 2019, en el pabellón polideportivo de Mislata (Valencia).

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ex ministro José Luis Ábalos, conversan durante un mitin de campaña en noviembre de 2019, en el pabellón polideportivo de Mislata (Valencia). / Miguel Lorenzo / Delegaciones

Tomo prestada la idea de mi título de una frase del final del artículo que este domingo publicaba el director general de Contenidos de Prensa Ibérica Albert Sáez. Decía que costaba entender que Pedro Sánchez «no viera lo evidente», refiriéndose a un Ábalos que desde siempre había respirado el aire de impunidad que otorga la prepotencia. El amigo del Peugeot, cómplice del asalto al poder y plenipotenciario de todas las cuitas, estaba tanto al lado de Sánchez que era su sombra más precisa, y esta sombra ahora duerme en Soto del Real, con una petición fiscal de 24 años de prisión. ¿Podían pasar desapercibidas sus actividades curriculares extras durante años de proximidad extrema con Pedro Sánchez? ¿Podía escapársele a Sánchez su personalidad, los gustos caros, el aumento patrimonial, las alegrías de macho ibérico, muy alejadas de la propaganda feminista de su partido? ¿Y los Cerdán, Koldo, Aldama, etcétera, ningún síntoma, ningún detalle, ninguna evidencia?

Este concepto, el de la evidencia, es el eje central sobre el cual pivota la profunda crisis de confianza hacia un Sánchez que, a estas alturas, consigue más acólitos por simple resistencia que por convicción. Es decir, es el miedo a lo que tiene que venir, y no la satisfacción con lo que hay, lo que mueve la posición numantina de los defensores del sanchismo. De lo contrario, si mañana hubiera una buena previsión de resultado favorable al PSOE sin Sánchez, muchos de los groupies que ahora lo santifican encabezarían su decapitación. Ya no es Sánchez quien mueve las afecciones, dotado de la púrpura de su liderazgo, sino la inevitabilidad de que, si se convocan elecciones, ganan los otros. Y los otros, con un Vox en crecida incontrolada, son un estímulo poderoso para mantener el poder.

Aun así, «la evidencia» continúa pesando como una losa que abre enormes agujeros en el magma electoral socialista, el escape de votos del cual ya no se dirige hacia la izquierda irredenta, sino hacia la derecha furiosa: 300.000 votos hacia el PP y 250.000 a Vox, según el CIS de Tezanos. Es decir, más de medio millón de personas del espectro central ideológico estarían cambiando el voto sencillamente porque Sánchez ya no les parece creíble, ni confiable, y de ninguna forma compran la idea del «Gobierno más progresista de la historia». Lo cual es bastante comprensible, porque es difícil comprar la idea de progreso y buenas prácticas cuando, quien lideró el discurso contra la corrupción en la moción de censura de Rajoy, ahora duerme en la ‘trena’, acusado de practicar durante años el mismo bla, bla, bla.

Este es, pues, el punto clave: la imposibilidad de Sánchez de ponerse de perfil ante la magnitud del escándalo de sus colaboradores más próximos. Puede haber muchas variables, además de las que lo consideran directamente culpable: quien crea que no tuvo nada que ver, pero lo permitió; quien piense que pecó de debilidad ante sus colaboradores; o quien crea que minimizó los síntomas de lo que estaba pasando. Pero creer que realmente no sabía ni jota es un sobreesfuerzo de fe religiosa que difícilmente se puede pedir. Con un añadido que añade gasolina al fuego: Sánchez no es un cualquiera durante los años del presunto latrocinio: es el presidente del Gobierno, el hombre que detenta la máxima información del estado, y todo habría pasado durante años y a su lado.

La evidencia no es como la esencia, invisible a los ojos, tal como le hizo notar el zorro al Principito. No necesita esfuerzo intelectual, ni profundidad filosófica, sino ojos para observar y la simple aplicación del sentido común. Este es el problema de Pedro Sánchez, que el sentido común lo inhabilita, porque lo que pasa es tan grave que solo permite dos conclusiones: o conocía el presunto entramado corrupto que había a su alrededor, o, ciego y sordo, no se enteraba de nada. Cómplice o inepto, culpable o irresponsable…, en ambos casos, carente de credibilidad.

Obviamente esto es poco importante para aquellos que defienden mantenerse en el poder, no en vano el miedo a perder el estatus es más poderoso que la confianza en el líder, y mientras tengan esperanzas en que Sánchez puede resistir, mantendrán la claque. Pero no será por el brillo de un liderazgo, sino por el horror al vacío. Es un presente continuo, sin futuro sostenido.

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